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domingo, 29 de abril de 2012

DRAGÓN, Capítulo 5: Final


Susana abrió los ojos. La luna seguía en lo alto del cielo, siendo la única espía de la desnudez de ambos. Todavía entrelazados, fundidos en un calor acogedor y revitalizante. Desvió su mirada de la luna hacia sus pieles y lo que vió le provocó un estremecimiento: su piel y la de Johan brillaba, y lo hacía de una manera tenue y sobrenatural. Asombrada y sin palabras, se permitió contemplar aquella maravillosa cercanía, una intimidad que asustaba a la vez que llenaba su alma solitaria. ¿En verdad era Johan su compañero de vida? ¿Lo sería para siempre? Todo sonaba a cuento de hadas, algo tan idealizado que por fuerza tenía que ser mentira. Pero él no le había mentido, sus palabras habían sido demostradas. Su piel brillaba sana y joven como antes, como siempre debería de haber sido… Y todo porque estaba junto a él.
Un calor nuevo se añadió, uno que surgía de muy adentro y amenazaba con romper sus defensas. Deseaba todo aquello. Anhelaba poder compartir sus miedos,  sus inquietudes y alegrías… Necesitaba sentir un apoyo incondicional en los momentos tristes… Algo que podía conseguir con alguna buena amistad, sí. Pero el fuego bailaba en su interior y comenzaba a quemarle.

DRAGÓN, Capítulo 4 de 5


―Entiendo que debe de ser desconcertante para ti. Nunca te habían hablado de tu verdadera naturaleza ¿no es así?
―¿Qué se supone que soy?            
―Eres mitad humana, mitad dragón. Y yo soy Johan, tu compañero.
Susana no contestó. Ni siquiera quiso pensar en la magnitud de lo que acababa de decirle… era una completa locura. Jamás había conocido a sus padres ni a ningún familiar cercano. Se crió en un hogar de acogida hasta la mayoría de edad.
―Llevo mucho tiempo buscándote, viendo como mis fuerzas menguan a cada paso que doy y sabiendo que las tuyas también lo hacen. Susana, ambos nos morímos, puedes sentirlo, ¿verdad?
Ella no contestó. Todavía agazapados en aquel portal, hablando en voz baja de algo que sonaba a fantasía, se miró las manos: dedos esqueléticos, piel pálida, translúcida y arrugada. ¿Cómo podía dudar de sus palabras si las evidencias saltaban a la vista?

―Cierra los ojos ―le pidió Johan a Susana.
Se encontraban en la orilla del mediterráneo. La luna llena se reflejaba en las aguas oscuras, vertiendo en ellas su plateada luz  y meciéndose al compás del suave levante.
Susana sonrió inquieta y a la vez llena de gozo. ¿Cómo podía sentirse de aquel modo junto a alguien que jamás había visto antes en su vida? No lo entendía. Debería haber seguido huyendo de él… Debería haber buscado ayuda. Protección en casa de alguna amiga. Sin embargo, aquí estaba, en medio de la noche en una cala escondida del resto del mundo. Y, lo peor de todo, era que quería estar allí. Quería creer en aquella conversación clandestina de unas horas antes.
―¿Qué vas a hacer?
―Eso es una sorpresa, amor.
Amor… Te ha llamado amor… ¿No vas a replicarle?
Susana cerró los ojos abandonándose por completo.
Escuchó el susurro de las ropas desprendiéndose del cuerpo masculino. Tragó saliva. Su cuerpo ardía en deseos de algo en lo que no quería permitirse pensar. Las escuchó caer al suelo de arena. Sonrió. Podía imaginar su torso marcado por cada uno de aquellos ondulados músculos. Sus caderas estrechas. El trasero duro y respingón. Oh, y la suave uve que se formaba justo en su cadera, para descender hasta la fuente de su placer… O quizás, una de ellas. Johan le mostró que podía proporcionarle placer con otras partes de su cuerpo. La lengua, era una de ellas y recorría en aquel instante su clavícula despertando escalofríos a lo largo de cada terminación nerviosa de ella.

DRAGÓN, Capítulo 3 de 5


Johan oyó el golpe y supo que algo malo le ocurría a su compañera. Debía de estar tan débil como él. Puso su mano sobre el pomo hasta derretirlo. Después, dio un suave empujón a la puerta y se abrió fácilmente, revelando la delgada figura femenina que yacía inconsciente en el suelo.
Sintió la agradable sensación recorriendo su cuerpo por entero. La esencia de su compañera se adentraba en él lenta y débilmente. Olía a brisa marina. Se arrodilló para cogerla entre sus fuertes brazos y la llevó al sofá para acostarla.
Se sentó en el suelo y la observó durante largo rato. Era preciosa, pero estaba seriamente enferma. Más débil que él incluso. Dio gracias al destino por haberles reunido a tiempo. Su pelo castaño claro caía por su espalda sin brillo y enredado. Estaba muy pálida… sus resecos labios lucían un ligero tono amoratado y estaba muy delgada. Se acercó a su oído y le susurró tiernamente:
―Ya estoy aquí, amor mío, te pondrás bien.
Ella abrió los ojos de repente y gritó dando un salto del sofá. Johan se levantó para calmarla pero ella habló:
―¡Quieto! ¿Quién eres y cómo has entrado en mi casa?
―Escucha…
―Susana ―no supo por qué se lo dijo, pero una parte de ella se sintió empujada.
Él sonrió de lado.
―Susana… un nombre tan precioso como su dueña.
Ella sacudió la cabeza intentando no sucumbir a esa sonrisa perfecta, esos labios carnosos que no podía dejar de mirar… Era un desconocido que se había colado en su casa mientras estaba inconsciente. Debería estar aterrada e intentando escapar, en cambio, lo único que tenía ganas de hacer era… Respiró hondo y notó de nuevo el ardor en los ojos. Él se estremeció al mirarla.
―Tus ojos arden ante mi presencia. Anoche te ocurrió ¿verdad? ―vio el folio con la foto del dragón en el suelo y la cogió― Me fotografiaste…
Johan soltó el folio y fue hacia ella para sujetarla por la cintura y atraerla hacia la calidez de su cuerpo. Ella intentó resistirse al principio pero ambos sabían que no tenía fuerzas para luchar… Y, además, en realidad le gustaba la cercanía. Era como si un bálsamo ejerciese su papel sanador cuanto más cerca estaban. Inconscientemente, Susana supo que él podía contestar sus preguntas.

DRAGÓN, Capítulo 2 de 5


Susana respiró hondo. Visualizó la impresora que tenía delante. Una mancha borrosa de color blanco le devolvió la mirada.
¿Qué me está ocurriendo?
Llevaba un mes sintiéndose mal. Su cuerpo parecía avisarle de que algo no marchaba bien; estaba cada vez más cansada, apenas dormía por las noches y los mareos eran cada vez más frecuentes. La visión se volvió negra de pronto y supo que se iba a desplomar contra el suelo.
Despertó sin saber cuanto tiempo había estado inconsciente con un gran dolor de cabeza. Se incorporó y un folio resbaló por su espalda. Era la fotografía que había hecho la noche anterior. Recordó el momento en que sintió la gran necesidad de salir a la calle. Sus ojos ardían de pronto y, algo extraño, una sensación de hormigueo e inquietud recorría su cuerpo. Reprimió las ganas de salir… eran las tres de la madrugada. Sin embargo, sí abrió el balcón de su habitación movida por algún tipo de instinto. Había algo… algo que necesitaba ver. Localizar. Observó la quietud de la ciudad. Sólo el sonido de coches lejanos, de manera esporádica, y el suave mecer de las copas de los árboles por la brisa levantina. Los ojos volvieron a arder. Gimió de dolor frotándose. Y entonces, como si hubiese desarrollado algún tipo de radar interior, levantó la vista y vio algo. Una silueta oscura sobrevolaba los edificios de la calle de enfrente. No conseguía distinguir qué podía ser, así que corrió a por su cámara digital de alta resolución y le hizo una foto. Cuando apartó el objetivo de sus ojos, la extraña figura voladora ya no estaba y, su cuerpo, aquejado por los estragos de la adrenalina, cayó de nuevo en depresión.
Sujetó el folio como si le fuese la vida en ello. Estuvo horas y horas observando la imagen que había congelado la noche anterior… Pero no lograba encontrar una explicación a lo que estaba viendo. Aquello, si dejaba de lado el hecho de que era una locura, parecía un dragón. Un enorme y precioso dragón negro y alas color celeste.

DRAGÓN, Capítulo 1 de 5


Johan observó con creciente ansiedad como el color celeste de sus alas se iba apagando poco a poco. Un profundo rugido se abrió paso en sus pulmones. Hacía tan sólo un mes, todavía conservaba sus poderes en plenas facultades. Su escamosa piel había sido de un negro brillante a la luz de la luna.
Ahora, ni siquiera podía defenderse si surgía cualquier contratiempo… De su boca apenas salía una débil llama de fuego de color naranja pálido.
―Padre, me estoy muriendo.
El dragón situado tras él acercó su cabeza a la suya y acarició su mandíbula con afecto.
―No puedes darte por vencido todavía, hijo mío.
―¿No? ―rugió de nuevo con fuerza apartando la mirada hacia el horizonte azul claro que señalaba la llegada del amanecer― ¿No ves que mi cuerpo se está consumiendo? Dentro de poco ni siquiera podré cambiar de forma para caminar por el mundo a la luz del día.
―Sólo hay una manera de evitar tu muerte y lo sabes, hijo mío. Sé que lo has intentado pero tu alma gemela existe, todos tenemos una… Y ahora mismo, debe de estar en cualquier parte del mundo consumiéndose al igual que tú. No pierdas tiempo, ahora mismo es tu peor enemigo, Johan.
―Moriré buscándola si es necesario, padre.
Johan había alcanzado hacía un año la condición de dragón adulto. A sus cien años, sin embargo, era un dragón joven; todavía aprendiendo a controlar sus poderes y con la necesidad de encontrar una compañera, un alma gemela para incrementar su poder y completar su madurez.
Había estado buscando a su compañera durante todo aquel año sin haber tenido suerte. Se decía que cuando se llegaba a la edad adulta, la invisible conexión entre compañeros se podía percibir a través de los sentidos… Podías oler su esencia e incluso visualizarla hasta llegar a localizar su paradero. Sin embargo, jamás había conseguido sentir nada. Y eso le obsesionaba y exasperaba. ¿Acaso no existía su alma gemela? Padre decía que eso no era posible, tenía que existir… Entonces, ¿por qué no acudía a su llamada? ¿Por qué enmascaraba su localización?
Si no lograban sellar su compromiso, si no se unían… Ambos morirían dentro de poco.
El proceso ya había comenzado y Johan tenía muy poco tiempo para encontrarla. Un mes, dos semanas, quizás sólo unos días…
―¿Podrás trasladarte tú sólo a la civilización? ―inquirió Padre con inquietud.
En respuesta, el enorme dragón negro tembló visiblemente originando una nube de polvo en la cumbre de La Montaña Oscura. Su imponente imagen parpadeó hasta conseguir desaparecer del todo.
La voz de Johan flotó en el aire. Una promesa. Volvería a su hogar junto a ella o moriría en el intento.

miércoles, 25 de abril de 2012

El ángel de la guarda


La fiesta familiar estaba en pleno apogeo. La Nochebuena, como todos los años, la celebraban en casa de los padres de Chema. Venían sus tíos por parte de madre, sus primas y su abuela. La cena había terminado y los mayores cantaban en un viejo karaoke castigado por infinidad de reuniones familiares, canciones pasadas de moda.
Chema, sus hermanos Sergio y Jessica, y sus dos primas Lorena y Laura hablaban en susurros al pie de la escalera del desván.
―¡Chema! ¡Deja de tomarnos el pelo, hombre!
―Que no, Sergio… Es verdad… En el desván hay un tipo.
―¿Pero tú lo has visto?― inquirió su hermana Jessi.
―No… Está escondido al fondo del desván… y no me deja encender la luz.
Laura, la más pequeña de todos, comenzó a hacer pucheros.
―¡No me gustan tus bromas! ¡Me da miedo!
Su hermana Lorena la cogió del brazo.
―Ve con los papás, que nosotros iremos luego ¿vale?
―¡Pero yo quiero jugar!― refunfuñó.
―Vamos a subir al desván, Laurita― afirmó su hermana intentando asustarla para que se fuese.
Y surtió efecto, pues la niña lloriqueó de nuevo y se fue corriendo al abrigo de los mayores en el lugar más seguro: el comedor familiar.
―Bien, ya nos hemos desecho de Laura. ¿Y ahora qué? ¿Subimos?― Lorena estaba decidida.
―¿De verdad le vas a seguir el juego al mendrugo de mi hermano?― se quejó Sergio, el más mayor del grupo, de 14 años.
―¡No soy imbécil, primo! Pero prefiero ir a buscar fantasmas al desván antes que tener que escuchar a papá haciendo gallitos en el karaoke.
Todos rieron. Desde allí se escuchaban los horribles alaridos de su padre intentando entonar “Gavilán o paloma”.
Los cuatro comenzaron a subir en silencio y a oscuras la escalera hacia el desván.
―¿Es necesario subir también a oscuras?
―Sí, Jessi, el hombre del desván me dijo que siempre que le visite lo haga a oscuras… Le molesta cualquier tipo de luz.
―¿Y qué hace un tipo en nuestro desván? Si tenemos un okupa, deberíamos avisar a mamá y papá…― le siguió el juego Sergio, ya resignado.
―Dice que es mi ángel de la guarda.
Todos prorrumpieron en carcajadas ante la respuesta de Chema. El niño, de sólo 8 años, era todavía muy inocente… Seguía creyendo en los Reyes Magos, en duendes, hadas, demonios… Y ángeles de la guarda. Sergio decidió integrarse más en el juego, dando sus propios detalles del ángel de la guarda de su hermano.
―¡Ya sé porque no te deja encender la luz!
―¿Por?― preguntaron todos al unísono.
Sergio sonrió de lado. ¡Habían picado todos!
―Veréis, los ángeles de la guarda no pueden ser vistos por nadie… ni siquiera por su protegido. Y la razón es muy sencilla: su aspecto real, nos causaría tal impacto por su fealdad, que nos petrificaríamos al instante.
―¿Fealdad? ¿No se supone que los ángeles son bellos y perfectos?― dijo Lorena con evidente inquietud.
―Prima― contestó Sergio―, no todos los ángeles lo son… Además, ¿no os extraña que, siendo un ser de la luz, no la soporte?
―Debe de ser su excusa para no ver lo feo que es…― elucubró Chema pensativo.
Sergio sonrió un poco más, enigmático y persistiendo en rizar el rizo:
―En realidad, no es una excusa… Es su manera de protegernos fielmente ante las consecuencias de verle.
―No te pillo― afirmó Lorena.
―Vamos a ver, los ángeles de la Guarda, no son normales. Son ángeles que, en algún momento han traicionado las leyes del cielo y, entonces, son castigados. 
Los demás habían caído en el silencio propio de los que están abducidos con tu historia. Así que continuó:
“Su castigo consiste en perder su belleza, convirtiéndose en un especie de zombi horripilante; y tener que proteger a un niño en peligro, hasta que ocurra dicho peligro. Para evitar que el Ángel Caído tenga tentaciones de escapar o  de descargar su frustración con su protegido invitándole a abrir las luces para verle y morir en el acto, convertido en una estatua de piedra; Dios les condenó también a la Oscuridad. Si la luz les ilumina, morirán junto a su protegido, entre terrible sufrimiento.”

miércoles, 19 de octubre de 2011

LA NARCOLEPSIA, EL ASESINO Y YO


Es curioso como el mundo puede llegar a confabular en contra de uno mismo hasta poner todo su universo patas arriba.

No llego a entender el porqué… Pero sí sé cómo podré llegar hasta él… ¡Sí!

-¡Oiga, señor! ¡Usted no puede estar aquí! ¡Seguridad! ¡Seguridad, por fav…!

 Cuando abrí los ojos por primera vez aquel día, todo mi mundo seguía girando a la misma velocidad de siempre. Todo estaba en su sitio.

Mi mujer dormía plácidamente a mi lado y los niños, lo hacían en la habitación contigua.

Pero antes de nada, os aclararé qué quiero decir con que abrí los ojos “por primera vez”. Tengo narcolepsia y para quienes no lo sepan, es un trastorno del sueño. Digamos que puedo caer en un profundo sueño en cualquier momento y en cualquier lugar.

Es una putada, lo sé… Pero así es mi vida: un continuo despertar.

Y ahora volveré a lo que nos ocupa… Aquel día.

La segunda vez que abrí los ojos, aun embutido entre las sábanas calientes de mi cama, comprendí que nada volvería a ser igual. Mi mundo se había parado y comenzaría otro rumbo en distinta dirección.

Susana, que aun seguía a mi lado, esta vez lo hacía envuelta en un charco espeso de sangre. Me incorporé sobresaltado y mientras mis manos se empapaban del líquido pegajoso que la cubría, mi boca no era capaz de articular palabra.

Su cabeza pendía de lado en el colchón y al cogerla comprendí que alguien le había rebanado la garganta mientras yo dormía.

Totalmente cubierto por la sangre de mi querida Susana, intenté salir de la habitación para buscar a los niños, nuestros gemelos de 6 años.

¿Seguirían durmiendo? ¿El asesino les habría hecho algo?