jueves, 13 de septiembre de 2012

Verónica (3 de 3)


Estoy en casa de nuevo y mi estado de ánimo es deplorable. No recuerdo la muerte de mi hermana. Pero tengo la extraña sensación de que en el transcurso de estas dos semanas hay algo que se me escapa. Un intérvalo de tiempo vacío, como cuando una cuerda se rompe y se le hace un nudo para que vuelva a funcionar. ¿Dónde está el trozo que falta? He hablado con ella durante dos semanas en aquella cafetería sin inmutarme. Todo parecía natural y como debía ser… Pero ahora veo claro que esas cosas solo se ven normales cuando se está soñando. Y yo estoy dentro de un sueño o una pesadilla, según se mire.
Subo a mi habitación y cierro bien la puerta, no vaya a ser que el viejo intente cogerme de nuevo. Puedo sentir su presencia e incluso mientras atravesaba la casa hacia mi cuarto, he visto una sombra moviéndose por el comedor. Era él, seguro. Está esperando el momento oportuno para cogerme con la guardia baja.
¿Quién será y qué querrá de mí?
Todo esto es un simple escenario vacío, el que tú misma has elegido para nuestro encuentro.
Me dijo.
Ven conmigo y lo entenderás…
¿Debería acaso enfrentarle para entender qué está ocurriendo?
En el fondo creo que sí pero el miedo me paraliza. De algún modo no quiero ser consciente por si una terrible verdad me acecha.
Un golpe en la puerta. El estómago se me encoge y trago saliva. De pronto, me doy cuenta de que la luz del día deja de entrar por la ventana, todo se vuelve sombrío como al caer la noche. El ambiente se vuelve caliente y asfixiante. Tengo calor.
Otro golpe, esta vez, más fuerte.
―¡Verónica! ―¡es el viejo! ―ha llegado el momento, niña… Tienes que venir conmigo ya.
Las lágrimas se agolpan en mis ojos y mis manos se aprientan temblorosas contra mi pecho cada vez más caliente. Me muero de calor.
―¡Jamás! ¡Déjeme en paz! ¡Váyase de mi casa!
Una carcajada al otro lado de la puerta. El maldito sigue burlándose de mí.
―¡Bendita ignorancia! ―dice― No estás en tu casa, Verónica. Esto sólo es una ilusión. ¿No te has preguntado porqué puedes relacionarte con tu hermana muerta?
El estómago se me encoge un poco más. No recuerdo mi última comida. Ni mi última ducha. Ni mi última… Nada. ¡Dios! Tiene razón. Pero… ¿Cuándo he muerto? ¿Y cómo? ¡No! Morir no. Soy joven. Tengo planes. ¡No quiero morir! Entonces, este viejo… ¿Será el diablo? ¿O la muerte? Su aspecto no me da pistas sobre algo mejor.



Hermana.
Oigo su voz, es ella.
No vayas con él. No lo hagas. Sé fuerte.
Me ayuda. No me iré con él. ¡Antes tendrás que arrancarme los brazos viejo asqueroso!
La puerta se rompe y cae casi encima de mí. Me aparto de un salto y me pongo en guardia. Él está ahí, observándome tranquilo y con una sonrisa maliciosa. Su aspecto frágil es engañoso, sé que es muy fuerte, tanto, que podría romperme en mil pedazos si quisiera. Sus ojos son dos cuencas negras como dos cuevas sin fondo pero, lejos de ser inexpresivos, me muestran su determinación: no parará hasta llevarme con él a donde sea. Quizás a los infiernos.
―No soy el demonio, Verónica. No debes atender a las voces en tu cabeza. No existen. Ahora mismo, tu única ayuda soy yo. Has muerto y tengo que custodiar tu alma a la otra vida, sólo eso.
―Eres oscuro, lo veo. No me puedes engañar.
Él ríe de nuevo. Sus dientes están más amarillos y más amenazantes. Veo los hilillos de saliva en su boca y se me revuelve todo.
―Bueno, quizás tome un poco de ti, es uno de los placeres a los que tengo derecho debido a mi tarea… Pero ¿Qué más te da? ¡Ya estás muerta!
¿Quiere comerme? ¿A eso se refiere? Un temblor recorre todo mi cuerpo. Esto cada vez se vuelve peor.
―Escaparé ―le digo.
―¿Y lo harás eternamente? Estoy en todas partes, Verónica. Siempre me tendrás detrás de ti como a tu misma sombra.
―¡Me da lo mismo! No tengo nada que perder si ya estoy muerta.

Entonces, un dolor agudo escampa por mi cabeza consiguiendo que me retuerza en cuestión de segundos. Me encojo de rodillas en el suelo. Una sensación de asfixia me invade también. ¡Me ahogo! Miro alrededor y ya no veo al viejo, sólo una columna de humo que atraviesa la habitación y me provoca escozor en los ojos.
De pronto, vienen a mi mente las palabras que he estado buscando todo este tiempo, las que me indican que ha ocurrido en esta habitación y en mi vida. En sus vidas…
―¡Sara! ―está en el suelo a mi lado y semiincosciente. La cojo por los hombros y la sacudo intentando despertarla ―¡Hermana, reacciona! ¡Tenemos que salir de aquí!
Las llamas  nos acechan y nos tienen atrapadas entre esas cuatro paredes. Una lengua de fuego llega hasta mi brazo. Grito y suelto a Sara para ponerme a salvo pero las ampollas han poblado mis manos y la sangre chorrea por mis brazos. Me mareo y me ahogo. Vamos a morir. Desesperada, la cojo e intento buscar una salida para ambas pegando nuestros cuerpos a la pared. Ella está incosciente ya, apenas respira. Se me escapa de las manos y restriego mi propia sangre por la pared al intentar mantener el equilibrio.
La veo caer y desaparecer entre el humo negro.
Hermana, sé fuerte. No vayas con él.
Vuelvo a oír su voz. Enfoco la mirada y veo que de nuevo tengo al viejo ante mí. Ahora recuerdo lo que ocurrió.
―¿Mis padres también han muerto? ―le pregunto con un hilo de voz.
―Todos estáis muertos, Verónica ―sonríe, en verdad disfruta con su trabajo―. Y tú eres la última a la que vengo a llevarme. ¡Todos han venido conmigo, niña! ―Abre sus brazos, invitándome a meterme entre ellos. Su sonrisa es cada vez más horrible y sus dientes cada vez más amarillos y afilados.
La depresión me vence. Todos estamos muertos. Y yo me pregunto porqué no he visto a mis padres al igual que a mi hermana Sara. Las preguntas se me escapan de nuevo, sólo quiero llorar y, de pronto, la idea de irme con el viejo no me parece descabellada. Todos han marchado con él. Pero ha dicho que tomaría algo de mí…
―¿Cuál es el precio que hay que pagar por ir contigo?
Él se relame con avidez. Es grotesco. Me recuerda a un animal a punto de saltar a por su presa.
―Un pedacito de ti, Verónica. Una pizca de tu alma. Todos me han dado su parte, sólo faltas tú ―insiste―. ¿Quieres volver a ver a tu familia? ¡Eternamente!
Entonces doy por terminada la batalla. Me iré con él, no hay opción.
De repente, una voz estalla y me doy cuenta aliviada de que no lo hace en mi cabeza. Puedo oírla perfectamente. Es mi madre.
―¡Hija mía! ¡Despierta! No nos dejes también… ―llora desconsolada y repite lo mismo una y otra vez.
Noto un ligero roce en mi antebrazo pero no veo nada. El viejo se enfada y parece perder la paciencia.
―¡Venga, no hay más tiempo! ¡Tenemos que irnos ya! ―y mientras vuelve a extender sus raquíticos brazos envueltos en ese traje negro veo como aprieta esos dientes de depredador y sisea.
Más que un roce, ahora siento un tirón. Alguien invisible me quiere llevar también de allí y, de pronto, me siento a salvo. La visión se nubla, ahora todo es blanco. Y lo último que escucho es un rugido de rabia. Es el viejo. Casi puedo ver esos ojos negros ardiendo de ira por perder su trocito de alma.

Abro los ojos. Estoy en una habitación de hospital y mi madre llora emocionada al verme despertar. He estado dos semanas en coma tras el incendio que asoló nuestra casa y en el que, tristemente, perdí a mi hermana Sara.
Mi padre también está aquí, ambos me cogen las manos vendadas con cuidado. Y lloro con ellos. Y al mismo tiempo siento alivio por haber escapado del viejo que intentó usurpar mi alma con mentiras. Me emociona haber contado con la ayuda de ELLA y pensar que tampoco cayó en su trampa… ¿O quizás huye de él dentro de un laberinto eterno? Eso me angustia. Al igual que me aterra saber que el día en que mi cuerpo deje de existir, él estará esperándome detrás de la puerta.
El viejo diablo de traje negro. 

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