jueves, 13 de septiembre de 2012

Verónica (1 de 3)


La vida continua, sí… Pero, observar la habitación en la que me encuentro; exhausta, masacrada y de color sepia, me hace querer dormir y no despertar jamás.
El ambiente es tan negativo, revela tanto dolor encerrado aquí dentro conmigo que me absorve las energías hasta querer morir. Las paredes están calcinadas, hay rastros de huellas en ellas: manos ensangrentadas. No entiendo de quien pueden ser…
Yo suspiro mientras las lágrimas bajan por mis mejillas calientes y siento un dolor cada vez más penetrante en el pecho. Toda la ira y la depresión contenida en esas cuatro paredes se meten dentro de mí, intentando gobernar mi cuerpo y mi mente.
Por un lado, quiero quedarme en aquella cama calcinada y morir abrasada al igual que el pasado encerrado allí. Por otro, necesito salir y respirar aire puro. Liberarme de aquella opresión, de aquella pesadilla que nada tiene que ver conmigo…
Sólo que en algún lugar de mi mente, aquel que se mantiene alerta pese a estar soñando, sé que no puedo escapar porque me encuentro en mi habitación.

―He vuelto a tener el mismo sueño.
―Hermana, creo que deberías relajarte y dejar de pensar en esas cosas sin sentido.
―¡No puedo relajarme! Llevo dos semanas soñando que mi habitación está quemada y destrozada… Puedo sentir una negatividad tan asfixiante en el ambiente, que me quita la energía. Y lo más inquietante, es que sé que cuando sueño eso no estoy sola…
―¿Cómo no vas a estar sola? Por favor, deja de desvariar.
―No lo hago.
―La sugestión te puede jugar malas pasadas.
―No es sugestión. Y no estoy loca, por si lo estás pensando.
―Nadie ha dicho eso…
―Pero lo piensas, lo sé… Incluso yo lo pensaría si esto no me estuviese ocurriendo a mí.
―Vamos a ver… ¿Cuál es tu hipótesis sobre lo que ocurre en casa?
―Sólo ocurre en mi habitación y desde hace dos semanas.
―¿Y bien?
―Algo se ha instalado allí, no sé la razón ni sé quien puede ser… Pero ha venido a decirme algo. Y, por lo que he visto y sentido hasta ahora, no es nada bueno.




De nuevo estoy en el sueño. Lloro desconsoladamente. Cada vez es peor. Dolor. Mucho dolor. Algo terrible ha sucedido y, de pronto, comprendo que ningún incendio ha existido… Las paredes no han sido quemadas realmente. Es la suciedad emocional lo que impregna cada rincón. Alguien me lo cuenta al oído, no sé si hombre o mujer… es un susurro lejano y casi imperceptible. ¿Por qué yo? Le pregunto. Pero no vuelvo a tener respuestas, sólo la necesidad desesperada de salir y abandonar el lugar cuando antes. Siento miedo. Un inminente peligro me acecha. La puerta está atrancada. No puedo salir. ¡No! Salir. Necesito. Me ahogo. La puerta comienza a arder y un olor acre envuelve mis fosas nasales. Fuera. Salir. Necesito. Mis manos se queman pero me niego a dejar de intentar abrir. Grito. Desgarro mi garganta. Grito más alto. La sangre corre hacia mi estómago ya revuelto. Algo detrás de mí. Peligro. ¡Quiero despertar! ¡Esto no es real! Fuera, Fuera. Una mano se posa en mi hombro. Fría como el hielo. Sólo me da tiempo a mirar de soslayo unos dedos finos y níveos. Sale vapor de ellos. Estoy ardiendo. Grito.

Y despierto. Me incorporo y casi salto de la cama. Miro a mi alrededor y lo encuentro todo normal. Alivio. Un suspiro entrecortado. El sudor gotea por mi espalda. Las paredes blancas e impolutas me reconfortan y el cielo azul me devuelve la mirada desde la ventana abierta. Menos mal que sólo es un sueño.

―Hermana, tienes muy mala cara.
―Necesito abandonar la casa.
―No creo que sea buena idea ―ella suspira―. Esto no es real, hermana.
―Entonces, no volveré a dormir. Si no es real, no volveré a dormir.
Pero me duermo y…

Deambulo por la casa… antaño repleta de gente y de vida. Ahora, vacía y oscura. Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando la chispa de alerta se enciende. Todo está demasiado oscuro y comienzo a tener miedo. El comedor está engullido por las sombras y, de pie, mirando en dirección a la puerta de entrada, me doy cuenta por primera vez, de que está muy lejos, demasiado. De ella me separa un angosto pasillo repleto de puertas abiertas. Negras como el fondo de una cueva. Tengo miedo. No quiero pasar por allí. Peligro. La única salida es subir las escaleras que llevan a mi habitación. Mi refugio. Sí. A salvo allí. ¡Corre! Y lo hago, subiendo los escalones de dos en dos, temiendo que esa mano helada y esquelética se pose de nuevo en mi hombro para engullirme en las sombras.

―¡Seas quien seas! ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me atormentas?
Sé que la casa familiar ha sido sólo nuestra. Nadie más ha vivido aquí. Mi abuelo la contruyó con sus propias manos. Sea quien sea es un intruso. Sentada en mi cama  espero una respuesta que jamás llega. ¿Me estaré volviendo loca?
Me visto y bajo a desayunar. El sol entra tímidamente por la ventana de la cocina, dando un aire acogedor a la estancia. Nada es como en mi sueño, gracias a dios.
Pero un pensamiento intenta venir a mi mente. Lo noto presionar, insistir… Un recuerdo… Falta alguien aquí… Papá y mamá. ¿Por qué no he pensado antes en esto? La confusión me invade. ¿Por qué no puedo recordar la última vez que les vi? Deberían estar aquí.
Ensimismada mientras me preparo un vaso de leche, no me percato del movimiento a mis espaldas. Entonces, noto el frío tacto en mi hombro. Los dedos esqueléticos se posan uno a uno en mí. Una voz dice mi nombre y una ráfaga de viento helado me golpea con el sonido
VERÓNICA
El terror colapsa mis sentidos. El vaso cae y yo con él.

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