miércoles, 18 de diciembre de 2013

El artesano de Uruk



Año 3150 a.c., ciudad de Uruk, Mesopotamia
El crepúsculo alcanzaba su cúspide al abrigo de las montañas que envolvían la ciudad de Uruk. Senté mis doloridas posaderas en la fría piedra del escalón más alto del templo y observé cómo los niños se acomodaban bajo mis pies.
―¡Cuéntenos su historia, forastero! —dijo uno de ellos con entusiasmo.
Sonreí y acaricié con esmerada dedicación el poblado bigote de mi áspera barba. Y entonces, comencé a contarles la historia que cambió mi vida.
―Os contaré cómo inventé la primera rueda que se conoció en Uruk, la ciudad que me vio nacer, pese a llevar años fuera de ella.
Varios niños se adelantaron para preguntar:          
―¿Habrá dioses en su relato, anciano?
Volví a esbozar una sonrisa.
―Por supuesto. En mi historia, los dioses tienen un papel muy importante, puesto que sin ellos nuestras vidas carecerían de un rumbo fijo. Pero no adelantemos acontecimientos. Comenzaré desde el principio.
Todos me observaron sin apenas respirar, parecía que temiesen emitir un mínimo sonido que interrumpiese mi discurso.

“Todo comenzó un caluroso día, hace ya muchas lunas… Yo era joven, contaba con apenas diecisiete años y comenzaba a destacar en Uruk como uno de los artesanos más prometedores. Había heredado el taller de carpintería de mi padre, el cual partió rumbo al otro mundo por designio de los dioses antes de tiempo. Poco a poco, logré ganarme la confianza de los clientes habituales, que fueron contando allá donde iban mis buenas artes con la madera. Pero yo me sentía insatisfecho. Consideraba que el hecho de fabricar una puerta o una mesa eran metas demasiado fáciles; necesitaba crear algo con más dificultad, algo que me llevase tiempo y que, cuando lo hubiese terminado, pudiese decir que era una obra diferente. Especial.
Así que comencé a trabajar en adornos esculpidos en la propia madera para aquellas puertas que me encargaban; también en las mesas, sillas y demás objetos en los que trabajaba: cenefas con motivos florales, figuras heroicas y motivos divinos.
Entonces, mi nombre fue cobrando más fuerza entre la gente de Uruk. Me llamaban   Mehy El Artesano. Ya no El Carpintero. Aquel nombre me designaba como el mejor de la ciudad.
Recuerdo el momento en que mi vida comenzó a dar un giro con claridad cristalina. Volvía a casa, ya bien entrada la noche, tras una larga jornada terminando una mesa de madera de roble maciza, en la que cada pata era un dios: An, dios de los cielos; Ki, su esposa, la diosa de la tierra; Ianna, diosa del amor y la guerra y; por último, Ninmah, diosa creadora. Sonreía mientras me acercaba a mi hogar, pensando en lo reales que habían quedado mis tallas; casi parecía que fuesen a cobrar vida en cualquier momento.
Cuando, de pronto, un sonido en la oscuridad atrajo mi atención. Frené mis pasos y escuché. Un ave nocturna emprendió a cantar con dedicación. Comencé a andar de nuevo pero, esta vez, escuché claramente el sonido de unos pasos detrás de mí. Paré en seco y me di la vuelta.
Entonces, mi aliento se secó y las manos me temblaron levemente. ¿Qué veían mis ojos? Era una mujer de una belleza pura y cegadora. Su pelo negro, como la oscuridad que nos envolvía, se agolpaba firmemente atado en un moño a lo alto de su coronilla con una cinta dorada. Su toga era de oro también pero, contrariamente a la moda en las clases altas, no llevaba ningún tipo de adorno en sus pequeñas orejas, su respingona nariz, su fino cuello de cisne o sus delgadas muñecas. Tan sólo esa toga dorada y su mirada azabache. Tragué saliva.
―¿Quién eres, mujer?
Ella sonrió con una mirada pícara antes de contestar:
―¿No reconoces la cara que has tallado con tanto esmero?
Mi desconcierto se abrió paso con inquietud. ¿Quién era aquella mujer, que aparecía de la nada en mitad de la noche, para desafiar mi memoria? Observé su cara, tanto como las sombras me permitieron, y su bello rostro me recordaba, efectivamente, a alguien que no situaba o, quizá, no me atrevía a nombrar en voz alta por miedo a una ofensa divina.
―No tengas miedo ―dijo ella con dulzura―, no te castigaré por decir mi nombre.
Entonces, decidí arriesgarme. ¿Podría ser cierto que aquella diosa hubiese cobrado vida a través de mi creación?
―Usted me recuerda a la diosa Ninmah, la Creadora.
Ella rió satisfecha ante mi temor e inseguridad. Se movió casi etérea a mi alrededor, como perpetrando una danza que sonaba imaginaria en el silencio. Se detuvo a mis espaldas. Noté su cálida presencia en mi nuca, de modo que se me erizó la piel. Sentía como si pudiese flotar al igual que ella. Cerré los ojos y pude notar cómo mis nervios y mis miedos se disipaban con rapidez, como diluidos en la arena bajo mis pies. Así que uno se sentía así cuando recibía el toque de una diosa… Su voz interrumpió mis pensamientos muy cerca de mi oído:
―Vas a llevar a cabo el trabajo más importante de tu vida. No se trata de adornar nada, de crear ninguna figura hermosa… Te será encomendado como servicio a los intereses de tu pueblo.
―¿Me lo encomiendan los dioses?
―Pronto nos volveremos a encontrar… ―dijo ella, enigmática.
Y, de repente, mi cuerpo perdió calidez. Mis pies tocaron tierra dolorosamente y comprendí que la diosa Ninmah me había dejado solo en la oscuridad.

A la mañana siguiente, efectivamente, recibí un encargo. Ni más ni menos que el comerciante más rico de la ciudad de Uruk. Menífases requería mis servicios de artesano para crear un artilugio capaz de transportar sus productos por tierra firme de un modo más rápido y fácil.
Me miraba con la altivez propia de los de su clase. Su pelo, enroscado en una trenza aderezada con una cinta negra como su pelo, caía sobre un ancho hombro recubierto del blanco de su toga. El cinturón que lucía de oro macizo provocó que entrecerrase los ojos. No podía negarme a aceptar el encargo y tampoco podía olvidarme de que si no estaba satisfecho con mi trabajo una vez realizado, podría arruinarme la vida.
―De acuerdo, lo haré ―le dije manteniendo su mirada, detalle que le ofendió, pues suspiró con desdén.
―Espero tu obra en una semana, ni un día más. ―Se alejó hasta la puerta del taller―. Si me satisface tu creación, recibirás un lingote de oro.
Y se fue sin más, dejándome con la presión de aquel encargo. El más importante que me habían hecho jamás.
―¿Qué artilugio lograría que Menífases hiciese llegar por tierra sus legumbres y cereales?
Aquella voz me sobresaltó. La diosa Ninmah estaba junto a mí de pronto. Así, el recuerdo de las sensaciones de la noche anterior resurgió en mis entrañas. Respiré hondo; era preciosa. Ella lo sabía y sonrió ante mi sonrojo esperando una respuesta.
―Quizás, algo que lograse deslizar las carretas que portan a lomos los caballos… ―conseguí discurrir―. ¿Va a ayudarme, mi diosa?
―Sí, lo haré. Porque me gustas y porque mi talento es la creación.
Cogí una tabla de barro y me dispuse a dibujar en ella el plano del artilugio deseado. Ella se colocó detrás de mí y mientras un cálido y agradable hormigueo entraba por mi nuca para extenderse por todo mi cuerpo, las imágenes poblaron mi mente.
Un artilugio con la forma del sol, algo así se deslizaría por tierra con facilidad. Dibujé un círculo. Pero había que encontrar la manera de colocarlo en una carreta. Cuero. Cuerdas. ¿Su tamaño? Debía ser grande, lo suficiente como para abarcar una importante carga.
―¿Cuál será el material?— susurró Ninmah en mi oído.
Y yo, sonriendo, me di la vuelta:
―La madera es mi herramienta de trabajo, la única que sé manejar.
―Entonces, tendremos que ir al Bosque Sagrado, en busca de la madera más fuerte ―sugirió.

Me dirigí en solitario al Bosque Sagrado, que rodeaban Uruk, con las herramientas necesarias para talar un árbol robusto y con las medidas necesarias para crear ese círculo. Me adentré en la espesura y, cuando vi el árbol que buscaba, me dispuse a comenzar con su tala. De pronto, una voz atronadora me asustó:
―¿Qué vienes a hacer aquí, humano?
Era el legendario guardián del bosque, Huwawa, conocido por ser un hueso duro de roer a la hora de conseguir cualquier bien asentado dentro de los límites de su territorio.
―Necesito madera de este árbol para un encargo muy importante ―alcancé a decir.
El gigante Huwawa me observó iracundo. Tragué saliva. En momentos como aquel, desearía haber tenido a mi lado a la diosa Ninmah para interceder por mí. Sin embargo, jamás fui una persona cobarde. Intenté buscar algo con que atraer la atención de Huwawa.
―Quizás podría ofrecerte mis servicios como artesano sin coste alguno.
El gigante dio un fuerte pisotón al suelo, justo a unos centímetros de mi cuerpo. Salté alarmado. Él gruñó:
―¿Acaso piensas que un ser como yo necesita los servicios de un simple artesano? ―agitó los brazos― ¡Mira a tu alrededor! ¡Vivo rodeado de los mejores árboles!
―Yo podría darles forma…
Pero sólo conseguí enfurecer más a Huwawa. Me cogió por el cuello, levantó mi cuerpo del suelo y me habló muy de cerca:
―No me interesa.
Otra voz nos interrumpió:
―Es posible que el trato que yo te ofrezco sí te interese.
Era ella y, una vez más, venía en mi ayuda. Finalmente, debería considerarme un inútil o un cobarde. Pero, inexplicablemente, me sentí afortunado de nuevo y agradecido por su oportunismo. Al fin y al cabo, yo no era un guerrero, sólo era un humilde artesano. Y lo importante era conseguir llevar a cabo el encargo.
Definitivamente, el gigante me permitió talar el árbol mientras Ninmah hacía crecer una docena de ellos en un claro del bosque. En aquel momento pensé que, si era una diosa capaz de crear cualquier cosa, bien podría haber creado un árbol para mí expresamente. Pero, más tarde, comprendí que tenía que ser un árbol nacido de esas tierras sagradas el que sirviese para mi menester. Huwawa, satisfecho con el trato, desapareció.

Un rato después, volvía con excitación al taller para comenzar mi obra más importante. Pronto descubrí que, contrariamente a mi imaginación, no podía crear el círculo haciendo uso del diámetro del tronco. Intenté pensar en la manera de concebirlo, hasta que ella habló:
―¿Has pensado que el círculo podría construirse en tres partes? Así, aprovecharías la madera pudiendo hacer cuantos círculos lograses con un solo tronco.
Pensé en su idea tanto como su cristalina belleza me permitió. Y en cuanto fijé mis ojos en los suyos, supe que era la solución perfecta. Al fin y al cabo, Ninmah era la Diosa Creadora y yo tenía la gran suerte de contar con su ayuda.
―Comenzaré a trabajar en ello inmediatamente, mi diosa. ―Le hice una reverencia sincera, ya no por ser quien era, sino por pura y devastadora admiración.

Una semana después, Menífases apareció en mi taller a primera hora de la mañana. Yo me encontraba cansado pero ansioso por ver su reacción ante mi invento. Con diligencia, le ofrecí la carreta con los cuatro círculos de madera, bien atados con cuerdas y cintas de cuero a un eje central cada una. Tiré de la carreta y esta se deslizó suavemente por delante de los sorprendidos y admirados ojos del rico comerciante. Le expliqué su funcionamiento, los materiales con que estaban hechos los círculos y su nombre: rueda. Él me felicitó, me pagó por mis servicios y me prometió trabajos futuros.”

Me quedé en silencio unos segundos, momento que aprovechó un muchacho para preguntarme:
―¿Y qué pasó con la diosa Ninmah? ¿Volvió a verla?
Suspiré.
“Por supuesto. Recuerdo que, aquella misma noche, mientras respiraba el aire fresco de la madrugada, sentado en la puerta de mi hogar, apareció de nuevo ante mí con su toga dorada y sus hechizantes ojos azabache.
―¿Estás satisfecho? —me preguntó.
―Mi diosa, mi corazón se engrandece al pensar en lo que he conseguido hoy. En realidad, me gustaría decir que lo hemos conseguido ambos. ¿Cómo podría recompensarle tal acto de generosidad con este simple artesano? ¿Qué ofrenda puedo hacerle?
―No quiero ofrendas… ―Se giró para colocarse levemente de perfil, observando la quietud e inmensidad de la noche que se extendía por doquier. En aquel momento, me percaté del fulgor dorado que dibujaba su esbelta silueta. Ninmah estaba envuelta en una nube de oro.
―¿Entonces? —quise saber ansioso.
―Me gustaría obtener tu amistad, Mehy.
Pronunció mi nombre con tal delicadeza que sentí cómo mi cuerpo se estremecía. Una diosa quería mi amistad.
―No puedo más que ofrecerme por entero, mi diosa.”

―¿En verdad la diosa Ninmah le pidió su amistad? —inquirió otro de los niños agolpados en la escalinata del Templo de los Conos de Piedra.
―¿Acaso dudáis de mi palabra de anciano? —le espeté ofendido.
―¿Cómo podemos saber que su testimonio es cierto? ¿Puede llamar a la diosa Ninmah para que se aparezca aquí ante todos? —dijo otro más mayor.
Me levanté con solemnidad.
―Ya os he contado mi historia, ahora seguiré con mi camino.
Y me marché bajando las escaleras mientras se apartaban a mi paso. Vi miradas de admiración, otras de burla. A pesar de venerar a los dioses y de tener fe en su palabra, jamás nadie creería mi historia.

“El sol del amanecer comenzaba a romper los cielos con su majestuosa luz. Sonreí desde la comodidad de mi austera cama y me levanté contento de afrontar el nuevo día.
Habían pasado unas diez lunas desde que había inventado la rueda, y ya tenía varios hombres ayudándome en su fabricación. Había hecho un trato con Menífases, en el cual él me proporcionaba el material y yo hacía el resto a cambio de oro.
El taller prosperaba como nunca y cada día más gente requería mis servicios gracias a mi conocida relación de negocios con el comerciante más rico de Uruk.
Ninmah venía a verme cada noche y conversábamos horas y horas hasta que caía rendido en sus cálidos brazos. Me cantaba al oído y me recitaba ideas para poner en práctica con mis obras.
La inspiración fluía y, mientras mis hombres trabajaban en las ruedas, yo me dedicaba a tallar en la madera bonitas cenefas y figuras femeninas. Curiosamente, todas ellas lucían el rostro de Ninmah, y yo sonreía enamorado.

―Me temo que mi corazón late por ti, mi diosa Ninmah. ¿Jamás podría aspirar a algo más que tu amistad? —Me arrodillé una noche ante ella. Pero Ninmah, miró hacia otro lado:
―¿Es que no tienes suficiente con todos los logros que has alcanzado en Uruk? Pronto, a este paso, podrás construirte un palacio como el de Menífases.
―No me importa el oro ni tampoco los palacios… Ninmah, tú eres el sol del amanecer para mí.
Pero ella se marchó. Me abandonó. Y los amaneceres se volvieron grises a mis ojos. Las tallas de madera ahora carecían de rostro; inexplicablemente, no era capaz de volver a dibujar el suyo.
Ninmah se me apareció una noche en sueños. Me encontraba envuelto en una pesadilla oscura. Desde que la diosa me había abandonado, había descuidado mi oficio hasta que la gente dejó de requerir mis servicios. Menífases se hizo cargo de la fabricación de las ruedas, ampliando así su imperio. Y yo, sólo pensaba en conseguir sacarle rostro a mis tallas. Se había convertido en una obsesión, en mi única razón de ser. Necesitaba volver a ver su rostro.
Ninmah se acercó a mí y cogió mis manos con fuerza. Pude ver en sus ojos tristeza y, a la vez, necesidad. La misma que me sobrecogía a mí. No dijo nada, pero pude leerlo en su mirada.”

Sonreí al recordar junto a ella aquellos días de primeras experiencias. Miré mis manos arrugadas y castigadas por el trabajo y contemplé cómo la piel se iba estirando lentamente, como las manchas desaparecían. Entonces, volví la mirada hacia sus ojos azabache, que me contemplaban satisfechos ante  mi vuelta a la juventud.
―Así estás mejor ―susurró Ninmah en mi oído.
―Gracias por permitirme volver a Uruk y recordar cómo comenzó todo.
Le dí un beso y agarrándonos fuerte nos fusionamos con el viento, ayudados por Enlil.

“Aquella noche, dentro de aquel sueño oscuro, Ninmah me propuso la inmortalidad.
 La eternidad junto a ella.”

Lydia Alfaro, todos los derechos reservados.







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