miércoles, 29 de julio de 2020

Adiós, bebé

Tu bebé no tiene todavía rostro, ni siquiera tiene un corazón latiendo. No es consciente de que vive dentro de ti, a través de ti y gracias a ti para poder nacer. Ni siquiera respira. No ve ni oye.
Sin embargo, tu sí lo sientes, aún siendo tan diminuto, en tu vientre. Lo acaricias a través de tu piel, comes para él y ya, antes de que nazca, respiras por él.
Ahora se ha ido. Su corazón no ha llegado a latir, ni siquiera se habrá formado. No le ha dado tiempo. Pero a ti sí te ha dado tiempo a quererle como a nada en el mundo. A cuidarte más que en toda tu vida solo y exclusivamente para que tu bebé tenga lo mejor desde el inicio. Ya vives por él.
Se va y aunque su existencia haya sido breve y puede que para muchos insignificante, para ti lo ha significado todo, incluso el sentido de tu vida. Y te deja vacía, ya no sientes la tirantez en tu vientre. Ya no hay dolor. Has notado como se iba y ha sido lo peor que te ha ocurrido en la vida. ¿Como hubiese sido su cara? ¿Como habría sido sentir sus caricias? Sus llantos, sus berrinches, su risa, su carácter, los dedos de sus manos, sus ojos y sus labios. Nunca lo sabrás.
Y tú bebé tampoco sabrá que durante unas pocas semanas existió dentro de ti, y que fue querido muchísimo por sus padres.
Te deja vacía de su presencia pero llena de amor. Un amor que era para ese bebé y que tendrá una parcela en tu corazón siempre.

domingo, 12 de julio de 2020

EL MUNDO OSCURO. UNO, muerte



Eva sintió como un profundo escalofrío asolaba su columna vertebral en el justo momento en que comprendió que iba a morir.
Ahí estaba: acurrucada como una niña contra la pared más alejada de aquel callejón sin salida. Totalmente apartada de la luz que emitían las farolas y de cualquier posibilidad de escapar. Sollozó desesperada. Gritó hasta que le dolió la garganta. Pero nadie asomó buscando su voz. Nadie escuchó su desesperada petición de auxilio.
Eva Sánchez era, en aquellos momentos, invisible y su voz carecía de sonido. Pronto, además, aquello dejaría ser una patética metáfora para convertirse en una cruda realidad.
En aquellos últimos momentos de su corta vida —sólo tenía 25 años—, ni siquiera se paró a pensar en lo surrealista que resultaba mirar frente a frente a su asesino. Eva no pensó en que aquel ser no provenía de este mundo. Tampoco se recreó enzarzándose consigo misma en un debate acerca de la caída de los cimientos de la “supuesta realidad” según los humanos como ella. No.
Cuando aquel ser desprovisto de alma en la mirada apareció y la atrapó, arrastrándola hacia lo más hondo de aquel callejón oscuro y sin salida, sólo pensó en que era demasiado joven para haberle llegado su hora.
No quería morir, ¡maldita sea!
Al parecer, cuando eres consciente de que tu vida ha tocado a su fin, tras la fase de rabia, llega la aceptación. Para una persona enferma de larga duración, ese proceso puede dilatarse en el tiempo. En el caso de Eva, todo ocurrió en cuestión de unos pocos minutos. Fascinante la capacidad de adaptación del cerebro humano a cualquier situación.
En algún momento, dejó de pedir auxilio y de gritar. Incluso dejó de llorar. Las últimas lágrimas vertidas se deslizaron mejillas abajo hasta caer silenciosamente sobre su camiseta rosa. Miró aquellos ojos oscuros alzando la cabeza. Esta vez fue desafiante. Quizás, tras la aceptación, ésta era la última fase.
Frunció los labios para dejar claro a aquel engendro lo repugnante que le parecía su rostro pálido y sus marcadas ojeras que cubrían casi la totalidad de unas mejillas hundidas. Un rostro arrugado y un cráneo sin pelo de forma ovalada. Unos ojos sin brillo, solo dos globos negros en los que veía su cara reflejada.
Aquel ser monstruoso se agachó y fue tal el terror que creció en las entrañas de Eva, que cerró los ojos incapaz de contemplar su propia muerte.
Unos últimos segundos, los más angustiosos y dolorosos de su corta existencia, en los que sintió como su cuello se desgarraba y la sangre escapaba de su cuerpo para ser engullida en sorbos largos y voraces. Un asqueroso gruñido de satisfacción fue justo el último sonido que llegó a su cerebro antes de que la oscuridad fuese absoluta.

Eva jamás sabría si pasaron horas desde su muerte o, sólo unos pocos minutos, hasta el momento en que abrió los ojos de nuevo y vio el mundo desde otra perspectiva.
Se vio a sí misma desmadejada en el suelo mientras un charco de sangre enmarcaba su silueta. Estuvo observándose un largo rato en silencio. Absorta como un objeto inanimado. Se perdió en sus propias pupilas dilatadas, en su boca retorcida por el dolor, en la enorme herida de su cuello… Y cuando comprendió lo que realmente había sucedido, que estaba muerta y que un ser sobrenatural era su asesino, un ataque de risa le sobrevino. Rio como una chiflada hasta que se percató de que su risa no sonaba. Entonces, gritó y tampoco pudo escuchar su propio grito.
Ahora era un espectro vacío, posiblemente invisible y mudo. Tal y como había vaticinado antes de ser asesinada.

Llegados a ese punto, la desolación y el miedo fueron mucho más profundos, ahora que se sabía sola e ignorante de su destino.

Desde su posición a unos metros del suelo, con la imagen de su cuerpo sin vida rodeado de sangre y contemplando la quietud más absoluta en las calles adyacentes, Eva comprendió que el infierno existía y a ella la habían arrojado dentro a la fuerza.

Más allá del lugar donde la habían asesinado, de ese callejón oscuro… ¿Dónde estaba realmente? ¿Qué iba a ser de ella?
Un mal presentimiento la invadió por completo. Algo se acercaba. No supo cómo podía saberlo con certeza, pero lo tuvo claro.
Esperó aterrada. ¿Sería su asesino que volvía para terminar de devorar su cuerpo ya extinto? O peor… Alguien podría venir a reclamar su alma.


                                                      CONTINUARÁ...

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martes, 5 de mayo de 2020

NOCHES DE SANGRE, CAPÍTULO FINAL



Con el nuevo amanecer, el sacerdote ya tuvo listo el vino que había ideado para dar a Sejmet, uno que a sus ojos, parecería sangre. Fue el propio Ra quien visitó los aposentos de su hija, quien descansaba en el suelo de su alcoba en su forma asesina: cabeza de leona y cuerpo de mujer. Su ropaje estaba manchado de sangre seca y el faraón se estremeció al pensar en todo el dolor que había causado con su decisión... Se reprendió mentalmente por haber convertido a su adorado Ojo en un monstruo sin compasión, ebrio de sangre.
Y entonces se percató, de que ella solo había sido un reflejo de su propia crueldad.
Él era el verdadero monstruo.
Sin más, vertió el vino alrededor del cuerpo de su hija y se marchó.
En aquellos momentos, el campesino fantasma estaría repartiendo el brebaje por la ciudad y con suerte, aquella noche, la sangre ya no volvería a teñir las calles del Cairo.

Al anochecer...
Sejmet despertó y la sed hizo su aparición como cada noche. Rugió mientras sus ojos se iluminaban ante la perspectiva de seguir alimentándose de aquel exquisito manjar... La sangre humana era adictiva, deliciosa. Tanto que no podía parar. En algunos momentos, una pequeña parte de ella salía a flote y le decía que quizás había llegado el momento de finalizar la matanza... Pero después recordaba el olor del rojo líquido, su sabor y la sensación de placer que recorría cada terminación nerviosa de su cuerpo cuando éste recorría su interior llenándola de vida. De dicha. No podía renunciar a ese placer, ni quería.
Tan intensos fueron sus pensamientos, que creyó que el olor y la visión de la sangre que la rodeaba en el suelo era producto de su imaginación. Alargó un dedo para asegurarse de ello y este se manchó. Estaba caliente, como recién extraída de un cuerpo. Se chupó el dedo y un escalofrío le recorrió por entero. Era imposible que renunciase a ello, definitivamente. Se abalanzó como una mala bestia contra el suelo y lamió el charco caliente de sangre como si no hubiese un mañana.
No dejó ni una gota.

Akil estaba tumbado en el suelo de tierra. Se encontraba en el patio de su casa. Había sentido nostalgia y quizás la leve esperanza de que, ya que el faraón le devolvía la vida a todos, quizás no solo le devolvería el corazón, sino su vida mortal. Al fin y al cabo, le había servido obedientemente.
La misión había finalizado con éxito. Había repartido aquel vino curativo por toda la ciudad, se había asegurado de que todos los infectados lo bebían.
Ahora solo le quedaba esperar a su destino. Se acarició el pecho, ese pecho que solo el veía pero que ya no existía. Sobre el lugar donde debería yacer su corazón. Un sopor extraño comenzó a invadirle y no quiso resistirse a él. Se sentía cansado, muy cansado.


Una noche después...
Akil despertó sintiéndose renovado. Se levantó del suelo desorientado, pues no sabía si había dormido horas o minutos ya que la noche lucía idéntica a la de antes de cerrar los ojos. No corría ni una brisa de aire, hacía un calor sofocante. De pronto, fue consciente del peso de su cuerpo, pese a la energía, se sintió pesado, extraño.
Un pensamiento vino a su mente en aquel momento... Se tocó el pecho y las lágrimas se agolparon en sus ojos. ¡Su corazón estaba ahí! Latía frenético por la excitación del momento. Se movió y fue consciente de que sus pies tocaban tierra de modo firme, sus huellas quedaban impresas en la tierra. ¡Estaba vivo!
Ra le había devuelto a la vida como a los demás. Aquello significaba que había concluido su misión con éxito. Sus conciudadanos habrían recuperado la normalidad también. Ardió en deseos de reunirse con sus padres. Emocionado, se dispuso a entrar en la casa cuando vislumbró algo por el rabillo del ojo. Algo oscuro con ojos dorados que le observaba desde uno de los tejados adyacentes.
Se le encogió el estómago. Era un gato negro de ojos dorados. Su mente se trasladó a la terrible noche en que comenzó todo. Aquel gato se convirtió en león... Le arrancó el corazón provocándole la peor agonía imaginable. No pudo evitarlo. Volvió a orinarse como un niño pequeño. Su hombría, una vez más, en entredicho.

El gato se acicaló despreocupado ignorando el terror que provocaba en el humano. Cuando acabó lo observó durante unos segundos que a Akil le parecieron eternos. Esperaba el momento en que volviese a aniquilarle. Sin embargo, no ocurrió nada.
Observó como Sejmet, ahora Bastet, protectora de humanos y de hogares, dio media vuelta y desapareció en la noche como si nada.
El silencio reinó y Akil decidió que era el momento de asearse y buscar a sus padres.
Ahora el curso del destino seguiría delante, todos habían tenido una segunda oportunidad.
Aunque algo había cierto: jamás olvidarían que, durante unos días, el Cairo fue el lugar donde los muertos se levantaron y la sangre corrió por sus calles sin control.
Cualquier vecino podía encontrarse con aquel que le devoró y se alimentó de su sangre. Cualquier vecino se encontraría, a su vez, con sus víctimas.
¿Serían capaces de sobrevivir a aquello?
Akil pensó que el miedo a Ra, haría posible que sí. Al fin y al cabo, era quien dirigía sus vidas.
Intentando normalizar su agitada respiración, se dispuso a entrar en su hogar.
Papá, mamá —anunció—, he vuelto a casa.




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viernes, 1 de mayo de 2020

EL MOHÁN



Magdalena, Colombia. Verano de 1.938

La suave brisa mecía mansamente los largos y lisos cabellos de la joven, que se encontraba arrodillada a la vera del río Patá. La ropa limpia estaba esparcida sobre las piedras para que se soleara, y ahora disfrutaba de unos minutos de merecido descanso.
―Eleadora…
La voz de él, tan seductora y grave, le provocó una sacudida. Su cuerpo se acaloró y el vello de sus brazos se erizó. Allí estaba el misterioso hombre que la llamaba a diario desde la otra orilla. Eleadora se humedeció los labios. Era un ejemplar bello como ninguno al que hubiese visto: su pelo negro y ondulado le caía por debajo de los anchos y musculados hombros, algunos mechones le acariciaban sensualmente los hinchados pectorales. Sus ojos eran del color de la miel; solo que su mirada, lejos de ser dulce, mostraba una sombra oscura de deseo.
Como única indumentaria, vestía unos pantalones de lino claros que sugerían de modo pecaminoso los músculos de sus largas piernas. No llevaba zapatos.
Le sonrió revelando una dentadura blanca y perfecta.
―Eleadora… Te deseo.
Ella sintió un súbito chispazo de excitación en el vientre y sintió como su zona más íntima se humedecía de anticipación. Sin embargo, no podía hacer caso de él… Porque ese hombre era El Mohán.
Sacudió la cabeza en negativa.
―¿Por qué no cantas para mí unas de esas canciones que entonas mientras lavas tus ropas?
―No puedo ―acertó a contestar ella―, debo irme ya.
Comenzó a recoger la ropa limpia y la metió rápidamente en el cesto. Sabía que él no podía cruzar el río que les separaba, por eso la llamaba cada día.
―Ven a mí, Eleadora. Me deseas.
Él había alzado la mano invitándole a cruzar la orilla junto a él. Eleadora le miró y vio que sus ojos mostraban un brillo rojizo, casi sobrenatural que, lejos de afear su rostro, lo hacían más apetecible si cabe a sus inocentes ojos. La tentación era grande pero no podía sucumbir… Un sudor frío le recorrió la columna vertebral. Llevaba días soñando con él, con sus ojos y sus gruesos labios susurrándole al oído promesas de placer. Soñando con sus grandes manos recorriendo cada centímetro de su cuerpo y lo podía sentir adentrándose en el rincón más necesitado de su feminidad. Quizás había acudido cada día a lavar la ropa anhelando verle. Quizás no debía luchar contra el deseo.
Jadeó y dejó la cesta.
―Así me gusta, amor… Ven a mí, Eleadora. Eres mía.
Soy suya. La mujer del Mohán… Solo yo… Me ha elegido a mí.
Eleadora cruzó lentamente la orilla y cogió su mano. Sujetó la cara de Eleadora y le dio un beso posesivo y apasionado. A la joven le temblaban las piernas mientras se alejaba con El Mohán hacia su guarida. La mano de él, rodeaba su cadera con suavidad hasta que sus uñas comenzaron a crecer para convertirse en unas garras de color chocolate, sucias y afiladas.
Se perdieron en la espesura del bosque.
En la otra orilla, el cesto de ropa de la joven quedó abandonado a merced de la naturaleza. A los pocos minutos, una bandada de pájaros salió asustada del bosque y un grito de mujer se mezcló con el viento, el eco lejano de su voz pugnó por ser escuchado... Sin embargo, se mitigó antes de alcanzar algún oído amigo.


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jueves, 23 de abril de 2020

NOCHES DE SANGRE, CAPÍTULO CINCO: La misión



Akil recitó los versos que invocaban a la diosa Sejmet. Esperó un buen rato en la oscuridad de la noche con creciente inquietud. Estaba aterrado a pesar de saberse incorpóreo. La diosa leona ya no podía hacerle daño alguno. Sin embargo, no estaba seguro de que su plan funcionase pues ella estaba fuera de sí, estaba borracha de sangre y él solo era una de sus míseras víctimas. Poco podía importarle a ella el destino de su alma. Tragó saliva (era curioso como reaccionaba escrupulosamente al igual que si tuviese un cuerpo que contuviese saliva) y repitió las palabras:
Yo, Akil, tu humilde siervo te invoca...
Recitó los versos de nuevo y dejó que el silencio de la noche le envolviese de nuevo. Escuchó el maullido de un gato en la lejanía y si tuviese cuerpo y vello, se le hubiese puesto todo de punta. Al menos, sintió la sensación.
Y de pronto, un rugido de un león, suave y escalofriante, a  la altura de su oído. Akil se hallaba de rodillas con la cabeza gacha. Una postura lo más sumisa posible, tal era el miedo que la Diosa Leona le provocaba. Dio un pequeño salto debido al susto. Quedó a cuatro patas y no pudo más que darse la vuelta para ver ante sí a la mismísima Sejmet, con su cuerpo de mujer y su cabeza de leona. Lo observaba con aquellos ojos que emitían luz dorada. Le taladraba con ellos. De las comisuras de sus fauces goteaba sangre, era evidente que venía de darse el festín.
¿Quién eres tú que osas molestarme? —Su voz sonó atronadora y gélida. La tensión que emitía podía cortar el aire como el más afilado de los cuchillos.
Oh, mi Diosa... Soy un desafortunado siervo vuestro caído bajo tus garras...
¿Qué pretendes? —Le interrumpió ella gritando furiosa— ¿Venir a atormentarme? Tienes tu merecido al igual que todos los demás. Tu lugar está en el infierno.
Pero mi Diosa, yo jamás he osado importunar a los dioses y venero a nuestro faraón Ra —gateó de rodillas hasta los pies de ella y se los besó a conciencia—. ¡Oh, mi Diosa! ¡Por favor, devuélveme mi corazón para que pueda pasar por el Tribunal de Osiris! ¡No merezco este negro destino!
Sejmet le dio una patada y lo alejó con desdén. Akil quedó confuso durante unos instantes.
Un momento... ¿Cómo puedes tocarme si no tengo cuerpo?
Me has convocado, así que puedo verte y tocarte y podría entretenerme volviendo a destrozarte si me place. ¿Quieres volver a sentir mis garras sobre ti, campesino?
Akil solo pudo recular arrastrándose en el suelo, aterrado. No dijo nada y ella tampoco. Solo emitió un nuevo rugido antes de sentenciar:
No vuelvas a llamarme, humano. Voy a terminar con todos los de tu estirpe y nada me lo impedirá. Me importa bien poco tu corazón, ¿por qué crees que me lo comí? —Comenzó a reír a carcajadas— ¡Aquello fue hecho a conciencia, infeliz! ¡Quiero que sufráis el peor de los castigos eternamente por ofender a mi padre!
Y acto seguido desapareció, dejándole de nuevo solo y más abatido que nunca.
«¿Qué voy a hacer ahora? Ella no me devolverá jamás lo que es mío... Y yo soy el más patético de los hombres, aquí, en el suelo rogando por mi vida a un ser malvado.
Siempre seré un alma errante. » Pensó derrotado.
Deambuló por las calles de la ciudad y pronto se vio acompañado por las terribles escenas que se sucedían por todas partes... La gente estaba enloquecida. Pudo comprobar con estupor como se comían los unos a los otros exhibiendo la misma mirada dorada que la diosa. Ella les había contagiado su veneno, la muerte se había hecho con El Cairo. Otrora, una ciudad resplandeciente y próspera, ahora convertida en una ciudad de sangre.

***

Zaid se encontraba mal, muy mal. Zahna y él se habían escondido en una casa vacía. Sus dueños, al parecer, habían salido huyendo dejando sus pertenencias esparcidas por el suelo y la puerta abierta de par en par.
Estás pálido, ¿he bebido demasiado? —Inquirió ella.
Ambos se hallaban tirados en una de las camas de la casa, escuchando los gritos que les devolvía la noche de otros desdichados como ellos. Porque él ya se sentía uno de ellos, tenía la casi certeza de que al dejar que ella bebiese de su sangre, le había contagiado su maldición.
No es nada —respondió—, solo es cansancio.
¿Qué vamos a hacer? —Insistió Zahna— Cada vez me siento menos humana... Siento que en cualquier momento se me nublará por completo la razón.
Zaid se incorporó y fue tajante:
Vamos a dirigirnos al palacio del faraón. Allí está mi padre, el gran Atón. Él nos dará solución.
¿Cómo vamos a entrar en palacio? ¿Me has visto bien? ¡Jamás nos permitirán pasar!
Soy hijo de mi padre y esa es suficiente garantía de que podremos llegar hasta él. ¡Basta! —Le comenzaba a doler la cabeza, un golpeteo en su cerebro cada vez más constante y molesto. Se frotó las sienes antes de continuar—: No tenemos tiempo que perder... Salgamos de aquí.
Ambos se levantaron y salieron raudos a encontrarse con Atón, el único que podía ayudarles según Zaid. Ignoraban al nuevo acompañante que cargaban a sus espaldas, un polizonte sin cuerpo, un alma desesperada por conseguir lo que le pertenecía.

Akil había vagado por la ciudad en busca de voces que no emitiesen gritos desesperados o gruñidos de satisfacción al probar la sangre, cuando por fin escuchó a una pareja hablar dentro de una de las casas.
El joven era un tal Zaid y presumía de ser el hijo del sacerdote del faraón Ra, Atón. Ella estaba bajo los efectos de la maldición de Sejmet y le sorprendió ver como no había sucumbido a la locura como los demás. Lejos de comerse a su acompañante o beberse su sangre, se lamentaba por su suerte y por su futuro inmediato. Él no parecía estar sano, lucía unas profundas y oscuras ojeras y una palidez en la tez preocupante. Era evidente que le habían mordido y lo comprobó al ver su muñeca derecha en carne viva.
¿Acaso serían dos enamorados?
Suspiró con tristeza. Todavía no se acostumbraba a ser un intruso invisible. Sentía inquietud por si en cualquier momento era descubierto y acusado de espiar conversaciones ajenas, pero se recordaba constantemente que eso no iba a ocurrir... Estaba muerto y enterrado.
La pareja se puso en marcha y decidió seguirles. Su única salvación estaba en palacio. Si Atón tenía un hechizo para acabar con aquella orgía de sangre, quizás pudiese ayudarle intercediendo por él ante la diosa. Apretó con fuerza el Libro de los Muertos, aquel que era su compañero fiel en aquellos días oscuros y aterradores. Con él conseguiría abrir el ojo humano para ser visto.


En palacio, el faraón y dios supremo Ra sujetaba entre sus manos un cáliz que contenía un líquido muy especial que su sacerdote Atón había creado a contrarreloj.
Se trata —comenzó a explicar éste— de un tipo de vino con una consistencia y un color muy parecido al de la sangre. Además, emborracha muy rápido. Tengo fe en que cuando Sejmet lo beba se cure de su adicción a la sangre humana.
El faraón olió con interés el vino y con el ceño fruncido balanceó entre sus dedos el cáliz a la vez que inquirió en tono severo:
¿Y qué ocurrirá con quienes han sido contagiados? ¿Son susceptibles a este brebaje?
Sí, señor —contestó el sacerdote—. Sin embargo, sería sumamente difícil, a la par que arriesgado, dar de beber a esas bestias sedientas... Además, no entiendo la finalidad de todo esto si, después de todo, les perdonase la vida. Si me permite el atrevimiento.
Ra se levantó de su trono dorado y le entregó el cáliz a Atón. Anduvo hasta el balcón y observó la noche sin luna que conseguía que pareciese que la ciudad había desaparecido de la faz de la tierra. El faraón pensó en aquello. Una ciudad desolada, destruida por su ira. ¿Realmente se sentía mejor? La realidad era que no. Sentía que había sido injusto y desmedido con su pueblo. Quizás, si toda esa gente muerta y resucitada por la sed de sangre de Sejmet volvía a su estado normal, recordarían todo lo sucedido y les serviría de lección para no volver a burlarse jamás del dios y faraón.
Quizás, aquel, pese a ser un castigo cruel, si que podría haber resultado útil.
El temor producía respeto.
Dio media vuelta y se dirigió de nuevo a Atón:
Dispón todo para que ese brebaje pueda ser repartido por toda la ciudad.
Pero señor...
¡Es una orden! —Sentenció con firmeza.
De pronto, cuando Atón se disponía a ir a su habitación de alquimia para producir más cantidad de aquel vino, escucharon golpes en las puertas de palacio y el devenir de guardias.
El faraón y él cruzaron miradas ante el repentino alboroto. Se asomaron al balcón y al sacerdote se le salió el corazón del pecho ante lo que vio.
¡Zaid! —Gritó— ¡Desobedeciste mi orden!
¿Quién es la mujer que te acompaña? —Inquirió Ra con su voz atronadora.
Se hizo un silencio tenso. Los guardias sujetaban a Zaid y Shana, ambos lucían muy mal aspecto además de un brillo dorado en la mirada que heló la sangre del sacerdote.
¡Zaid, por todos los dioses! —Se llevó las manos a la cabeza— ¡Te han contagiado!
El faraón le habló en voz baja:
Voy a permitir su entrada, necesitamos comprobar que tu brebaje funciona.

Akil no había esperado a que la extraña pareja llegase a palacio. Se había deslizado por las calles del Cairo con rapidez. La creciente ansiedad que invadía sus sentidos le impedía hacer frente a la impaciencia por verse libre. Así pues, llevaba un buen rato siendo un intruso en otra conversación privada. Esta vez, la mantenida entre Ra y Atón.
Ahora, mientras esperaba la llegada del hijo del sacerdote y la mujer, sonreía esperanzado. La matanza iba a llegar a su fin y el faraón permitiría la salvación de todos los ciudadanos. Lo ocurrido esas terribles noches de sangre quedaría grabado en sus cabezas eternamente, sin embargo.
Él mismo jamás olvidaría aquel angustioso momento en que sintió que la diosa le arrancaba el corazón del pecho para comérselo ante su cuerpo inerte.
Intentó desterrar de su mente aquel horrible recuerdo. Ahora debía mantener la cabeza fría, pues iba a recitar el hechizo que le permitiría ser visto por los presentes.

Los guardias llegaron a la sala del trono junto con la mujer y el hijo de Atón.
El sumo sacerdote se abalanzó sobre su hijo con intención de sacudirle sujetándolo por los brazos.
¡Insensato! ¡Si hubieses hecho caso de mi orden y no hubieses dejado sola a tu madre, ahora no estarías contagiado! —Siguió sacudiendo al muchacho sin obtener resistencia— ¿Crees que eres digno de ser mi sucesor?
Padre —dijo con voz calma Zaid—, si no te alejas de mí, atente a las consecuencias.
Atón lo soltó de inmediato y se alejó unos pasos de él.
¿Me has amenazado, chico? ¿A tu propio padre?
En estos momentos poco me importa si eres mi padre o no... —los ojos se encendieron emitiendo una luz dorada tan cegadora como el sol mientras que su rostro se transformó en el de una bestia: sus colmillos alargados sobresalían de su boca en un rictus agresivo, hambriento—. Tengo hambre y sed. No puedo soportarlo más.
Sin más, Zaid se abalanzó sobre el guardia que tenía a su derecha y le mordió el cuello con tal violencia que le arrancó un pedazo de carne que engulló con voracidad.
Los gritos del guardia no se hicieron esperar. Este cayó al suelo intentando taponar la herida sin mucho éxito, pues Zaid apartó su mano temblorosa y comenzó a beber de su líquido vital que brotaba con rapidez debido a la adrenalina y en gran cantidad. Todo sucedió muy rápido y, sin embargo, para Akil y los allí presentes, que observaban la sangrienta escena, pareció que pasaron largos minutos mientras veían horrorizados como un gran charco de sangre comenzaba a rodear el cuerpo del guardia y de su asesino, el heredero del sumo sacerdote. Solo despertaron del shock cuando Zaid alzó la cabeza y recorrió con aquella temible mirada a los presentes, exhibiendo un rostro ensangrentado que contrastaba de un modo macabro con su tez pálida.
¡Prendedle! —Reaccionó en aquel momento el faraón señalando a Zaid con un dedo acusador— ¡Llevadlo a las mazmorras!
Cuatro guardias sujetaron como pudieron a un Zaid enloquecido por la sed de sangre, que se resistía con violencia y una fuerza desmedida. Otros dos sujetaron a la mujer, que había mostrado en todo momento una extraña calma pese a estar claramente contagiada. Antes de que se la llevasen, se dirigió al faraón:
Mi señor, yo solo buscaba un sacerdote que limpiase mi alma corrompida y lo único que he conseguido es convertir a ese muchacho inocente en una mala bestia. En lo que yo soy... No merezco misericordia.
Los guardias se la llevaron a las mazmorras y el silencio reinó de nuevo en la sala, esta vez, un silencio tenso y angustioso.
Un guardia yacía inerte en el suelo rodeado por un charco de su propia sangre. Con un gran agujero en el cuello y los ojos abiertos. Parecía que observase a los allí presentes.
¿Cuánto tiempo tardará en levantarse el infeliz? —Inquirió Ra observando el cadáver.
No lo sé... Minutos, horas —contestó Atón con la voz temblorosa.
Una tercera voz surgió detrás de ellos:
Una hora.
El faraón y el sumo sacerdote se dieron la vuelta sobresaltados.
¡Tú! —Le señaló Ra— ¿Quién eres y cómo has burlado a mis guardias?
El intruso vestía un sencillo shenty, la faldilla típica de los egipcios, pero de material austero. Claramente, era un campesino. Sin embargo, tanto Ra como Atón repararon en que el hombre no tocaba el suelo con los pies y una extraña aura dorada le rodeada.
Sujetaba, además, un libro. No uno cualquiera, era el Libro de los Muertos.
Cuando Akil vio como el hechizo que había pronunciado de manera agitada mientras se producía el asesinato funcionaba, respiró aliviado. Vio que ambos hombres le recorrían con la mirada y se percataban del libro que portaba.
En efecto, estoy muerto, mi señor —dejó de levitar y se arrodilló en el suelo, estirando los brazos sobrepasando su cabeza en posición sumisa—. ¡Oh, gran Ra! Mi nombre es Akil. Solo soy un fiel siervo, víctima de tu ira. ¡Imploro tu misericordia!
El faraón se mostró frío.
¿Qué quieres de mí? ¿Cómo osas invadir mis aposentos? Un alma en pena... Si estás aquí es que no has superado el Tribunal de Osiris. Así pues, ¿qué puedes esperar de mí?
En efecto, mi señor, no superé el Tribunal, pero no fue por mi mal corazón, fue porque carecía de él.
Explícate.
Creo que fui la primera víctima de la diosa Sejmet. Ella, cegada por la ira inicial, me arrancó el corazón y se lo comió. Le he implorado que me devuelva lo que es mío para poder alcanzar el Aaru... Pero no he obtenido nada por su parte, tiene demasiado odio hacia los humanos. Me convertí en un espíritu errante... No llegué a despertar transformado en bestia.
Mi hija está fuera de sí... —el faraón desvió la mirada hacia algún lugar de la estancia, una mirada melancólica y preocupada— Tenemos la cura para su sed. Y tú, ¿pretendes que te devuelva el corazón?
Se lo imploro, mi señor.
Ra cruzó una mirada con un Atón de mirada vidriosa, todavía aturdido por lo que había hecho su hijo Zaid.
Te voy a imponer una misión muy importante, campesino —comenzó el faraón—. Tú te encargarás de repartir por toda la ciudad el brebaje de mi sumo sacerdote. Tu condición de fantasma te protege de los infectados. Cuando hayas realizado tu misión, aquella que sanará a tus iguales, yo te devolveré tu corazón.
Ocurrirá cuando la última persona infectada recupere su estado anterior, no antes.
Akil asintió emocionado. El tormento llegaba a su fin.

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CONTINUARÁ...



martes, 21 de abril de 2020

NOCHES DE SANGRE, CAPÍTULO CUATRO: La mujer vampira



La noche había llegado. Akil había estado en su casa y había visto a sus padres. Ambos se lamentaban acerca de su pérdida y hablaban de cómo iban a poder mantener las tierras que Akil se encargaba de sembrar…
―Quizás deberíamos contratar a alguien ―apuntó su madre, ojerosa y con la mirada apesadumbrada.
―¿De verdad crees que alguien va a querer ahora mismo salir de su casa? Y eso en el caso de que todavía quede alguien vivo en la ciudad.
Ambos suspiraron. Akil también lo hizo parado frente a ellos. Les observó sentados a la mesa con la comida fría, sin tocar.
―Padre… madre ―susurró impotente.
Sabía que jamás podría volver a comunicarse con ellos… Aunque, inconscientemente, seguía intentándolo.
Tras pasar un día penoso en el que la depresión y la apatía trataban de gobernarle nublando su mente, decidió que había llegado el momento de dejarse de lamentos… El dolor no le llevaría hacia su objetivo, sólo lo haría el valor y la perseverancia. Tenía que entrar en el Aaru, se negaba a pasar el resto de la eternidad encarcelado en el mundo terrenal sufriendo aquella terrible y lenta agonía de hambre, sed y dolor.
Se quedó quieto en la entrada de su casa y observó la noche. La quietud era una señal engañosa de paz. Allí, en las calles del Cairo, ahora sólo existía el miedo y la muerte.
Un movimiento en lo alto del tejado de enfrente atrajo su atención: parecía ser un gato. Un gato que se fundía en la oscuridad. Un retortijón castigó su estómago. Aquel terrible recuerdo… era exactamente igual que la noche en que murió. Intentó captar una imagen más nítida del gato estrechando la mirada, seguía sin ver el fulgor dorado de sus ojos… Tan bello como asesino. Pero la silueta se movió de nuevo y, esta vez, desapareció.
No era ella… No desvaríes.
Se dijo que debía hojear de una vez el Libro de los Muertos y encontrar un hechizo para rastrear a la diosa asesina. Con un pensamiento, el libro apareció en sus manos, sólido. La sensación de poder manipular el más simple objeto como cuando tenía un cuerpo de verdad le provocó escalofríos de placer.
Lo abrió y buscó lo que necesitaba… Cómo conjurar a un dios.

***
Casa del sacerdote

Zaid salió de su casa sin ser visto por su madre ni nadie del servicio. Mejor. Así no le impedirían encontrarse con la hermosa mujer que requería su atención.
«Necesito un sacerdote», había dicho. Y le quería a él pese a afirmar que todavía no lo era del todo. «Ven a mí…». Y Zaid ya danzaba ansioso hacia la parte frontal de la casa, donde ella seguía parada y con la cabeza gacha.
―Aquí me tienes ―atinó a decir, tembloroso. ¿Qué iba a pasar? No tenía por qué ocurrir ningún episodio amoroso; sin embargo,  contemplar esos labios rojos y esos ojos de fulgor dorado le había calentado el alma. Definitivamente, estaba ansioso por conocer mujer.
Ella alzó la cabeza y miró en su dirección. Cautelosa, inhalando el aire; queriendo extraer su esencia como un animal que rastrea su entorno en busca de la presa. Entonces sus increíbles ojos apuntaron directamente a los de Zaid… Y él quiso acercarse más y más. Descubrir si olía a flores. Fundirse en ella. La mujer, como si pudiese leerle la mente, sonrió y le hizo un gesto para que lo hiciese.
Zaid comenzó a acercarse con pasos torpes, casi tropezó con sus propios pies. Pero ella no se burló ni se alejó ante su manifiesta inocencia. Su sonrisa se ensanchó, revelando un protuberantes dientes con forma de colmillos como los de las bestias salvajes. Pese a todo, él no se asustó, al contrario: le pareció más hermosa todavía, casi quería que aquellos colmillos blancos y brillantes le rozasen la piel… Llegó hasta ella y dijo:
―¿Qué puedo hacer por ti?
La mujer colocó sus suaves manos en los hombros de Zaid, provocando en él escalofríos ante el contacto tan cercano entre ambos. Inclinó la cabeza y, al igual que en sus pensamientos más recientes, colocó sus labios en su cuello y chupó con su fría lengua la morena piel del joven aprendiz de hechicero. Las piernas le temblaron. Sonrió nervioso ante la expectativa de lo que vendría después… Ella habló contra su piel, su aliento le calentó a pesar de surgir frío como el hielo:
―Si tomo tu sangre, la sangre de un sacerdote… podré limpiar mi alma ―dijo con un hilo de voz.
Zaid se sintió invadido por la duda y una creciente desconfianza. ¿Tomar su sangre? ¿Limpiar su alma? Aquello no era una promesa sexual ni amorosa… Realmente estaba en peligro. Pero ella no era Sejmet. Había visto a la diosa a través de las enseñanzas de su padre, cuando le había mostrado quien y cómo era cada dios. Intentó zafarse pero ella le clavó las uñas en los hombros y apretó el agarre. Zaid siseó de dolor:
―¡Suéltame! ¡Ya te he dicho que no soy sacerdote! ¡No puedo ayudarte!
Intentó poner distancia forcejeando y cuando ella reculó sin soltarle, volvió a contemplar su rostro y se le heló la sangre: no era hermosa, ni su piel era suave ni de tono saludable. Además, sus labios rojos no estaban maquillados… un hilillo de sangre caía de su boca untada en ella. Las ojeras estaban acentuadas, su piel pálida y demacrada. El pelo negro, revuelto y sucio.
―Me servirás… aprendiz ―gruñó con un rictus agresivo. Le enseñó los dientes de nuevo y el pulso de Zaid se aceleró más y más.
―Me has intentado hechizar y por poco consigues engañarme, mujer. Con sólo un grito los guardias vendrán a socorrerme y será tu fin. No sabes quien es mi padre.
―Me importa muy poco quien es tu padre ― se relamió los labios―, necesito tu sangre para purificar mi alma, sólo así me libraré de padecer esta sed… Ella me lo hizo, me maldijo con su ataque… ¡Me niego a vivir así!
Zaid no sabía de qué hablaba. Alguien le había contagiado sed de sangre. ¿Sejmet? Pero ella estaba llevando a cabo una matanza, no era posible que los muertos se estuviesen levantando para seguir con su sangrienta obra. ¿O sí?
―Escucha… Si encuentro la manera de salvar tu alma sin tener que sacrificar la mía, ¿me prometes que no me atacarás?
La mujer apretó aún más su agarre, hiriendo su piel. Pareció sentir el olor de la sangre de Zaid surgir bajo sus uñas, inhaló hondo y su agitación aumentó.
―¿Cómo sé que no tratas de engañarme?
―¿Cómo puedo yo confiar en que no me dañarás? ―contraatacó él.
―Mi parte buena sigue ahí pero el veneno avanza, lo siento reptar por mis entrañas… Va subiendo y a cada minuto que pasa me cuesta más contenerme ―sollozó de pronto, ofreciendo una imagen lastimosa que provocó emociones cálidas en Zaid―. En realidad no quiero hacer daño a nadie pero el dolor y la sed son muy grandes… He acabado con tres personas. ¡Jamás superaré el Juicio de Osiris! ¡Necesito purificarme antes de que mi alma se pierda del todo!
La desesperación que vio en sus ojos dorados pudo con él. El miedo había sido reemplazado por la pena y por las ganas de ayudar a aquella inocente víctima de algún vil conjuro de magia negra.
―Has mencionado a alguien, una mujer culpable de tu situación.
Ella rugió y su rostro de nuevo agresivo intentó alcanzar su cuello para seccionarle la yugular, pero Zaid fue rápido y consiguió contenerla sujetando fuertemente su mandíbula a pocos centímetros de su cara. Ella cerró los ojos con una nueva expresión de dolor y habló en gritos:
―¡La diosa Sejmet! Mató a toda mi familia anoche… Me mató a mí. Mi corazón late de nuevo, aunque muy despacio. Me he despertado como si hubiese dormido una eternidad y sólo podía pensar en beber sangre y saciar esta terrible sed. ¿Lo entiendes? Soy un muerto que anda, un demonio. ¿Cómo puedo recuperar mi vida?
―¿Tu familia también ha resucitado?
―No… ―su rostro se ensombreció― Ellos no.
―Eso significa que tu eres la primera en haber sido contagiada… con suerte no habrá muchos más ―Zaid quedó pensativo―. ¡Tengo que hablar con padre! Escóndete y espérame, no tardaré.
―¡No me dejes! ―gritó ella desesperada― No podré contenerme… ¡No permitiré que te vayas!
Zaid cogió sus manos y soltó por fin su agarre gimiendo de dolor. Ella, sorprendentemente, no se resistió. Sus manos temblaban.
―Te llevaré a mi habitación y te esconderé de todos. Nadie sabrá de tu presencia. ¿Mejor así? Pero debes jurarme que dejarás que haga cuanto deba hacer contigo para preservar mi seguridad y la de tu propia alma. Te ataré hasta que encuentre una cura para tu sed. Lo siento, pero debe ser así.
Quizás estaba siendo demasiado benévolo. Demasiado permisivo. Estaba arriesgando a su familia, no sólo a sí mismo. La compasión y la necesidad de ayudar a aquella alma en pena podían con su razón. ¿Sería aquella su perdición?
Si padre se enteraba de lo que iba a hacer le expulsaría de sus dominios y le apartaría de la profesión para la que había nacido. Todo su trabajo se vería truncado. Pero entonces pensó en la grandeza de ayudar a personas en situaciones desesperadas. ¿Cómo podía él darle la espalda a alguien con el alma pendiendo de un hilo?
Zaid rodeó con un brazo a la mujer de alma corrupta y la guió hacia su casa. Las dudas y la inseguridad comenzaban un camino inexorable por su mente, amenazando con romper la promesa hecha sólo unos minutos antes. Ella se agarraba con fuerza a su piel y Zaid ya sentía aquel dolor provocado por sus uñas afiladas hundiéndose en su carne como una muestra de desesperación extrema. En su corazón quería pensarlo, no obstante: desesperación en lugar de pura sed de sangre.
—Intenta relajarte, mujer… Vas a terminar por cortarme la piel a tiras.
—Lo siento —siseó ella apretando los afilados dientes en una constante fachada de contención.
Rebajó la fuerza de su agarre y Zaid respiró aliviado. Llegaron hasta la puerta. Zaid abrió con cautela, esperando no encontrar sirvientes ni a su mismísima madre en aquel momento. Necesitaba llegar hasta su habitación en el piso de arriba sin ser visto.
No vio a nadie. La oscuridad invadía el lugar y, por una vez en su vida, tuvo verdadero temor. Conocía su casa milímetro a milímetro; sin embargo, no sabía qué le deparaba aquella engañosa falta de luz. Y supo, de pronto, que su miedo no se debía a ser descubierto por nadie de dentro, sino al destino tan incierto como peligroso que le esperaba tras las sombras. Un leve mareo comenzó a forjarse en su cabeza.
—Quédate pegada a mi espalda, no puedo permitir que te vean —consiguió decir.
La mujer obedeció. Pudo sentir el frío aliento en su nuca. Pudo notar como el tiempo se le escapaba de las manos al igual que la fina arena del desierto. Ella intentaría beberse su sangre pronto. Necesitaba poner distancia entre ellos por su seguridad y era de vital importancia que encontrase la manera de curarla. ¿Cuánta gente habría ya como ella a estas horas?
Consiguió llegar a su habitación y cuando estaban a punto de cruzar el umbral de la puerta, una voz femenina rompió la aparente calma.
—Zaid, hijo mío. ¿Dónde estabas? ¡Sabes que no nos está permitido abandonar la casa mientras dure la matanza y...! —quedó en silencio formando un óvalo con su boca— ¿Quién es la mujer que te acompaña?
La sangre se le congeló. ¿Qué demonios iba a decirle? La mujer infectada volvió a clavarle las uñas con más fuerza incluso que antes. Zaid gritó. Su madre también lo hizo al ver como las pupilas de la acompañante de su hijo comenzaban a brillar iluminando sus cuerpos con una extraña luz parecida a la del sol. La sangre manaba de los antebrazos de Zaid.
Y, de pronto, el sonido de las puertas al abrirse con fuerza. Pasos en el piso de abajo que delataban la presencia de varios hombres. Las voces que hablaban de encontrarles y llevarles a palacio iban acercándose.
Anuk, la madre de Zaid, dejó resbalar las lágrimas por su maquillado rostro. Pronto, el negro que delineaba sus ojos color miel se derramó dando a su aspecto un aire tan oscuro como la situación que se daba en aquellos momentos.
—¿Qué está pasando, hijo? —su mirada vagaba desde la extraña mujer que estaba hiriendo a su hijo hasta la escalera que dejaría ver de un momento a otro a los autores del allanamiento.
—Madre, si te digo la tarea en que me veo envuelto quizás trates de impedírmelo —la sangre ya goteaba y Zaid, convencido de que ya no había marcha atrás, ni siquiera trató de romper el agarre. Miró hacia la escalera y los soldados del faraón se dejaron ver por fin. Cinco hombres de la guardia real les observaron en silencio, estudiando la situación. Entendiendo. El que parecía el líder, habló:
—No te muevas chico, nos desharemos de la mujer.
La aludida gruñó con fuerza, dispuesta a matarles a todos, pero esta vez fue Zaid quien le devolvió el agarre:
—Nadie se deshará de nadie aquí. Esta mujer necesita la ayuda de un sacerdote, de un hechicero como yo.
—¡No digas tonterías, sólo eres un aprendiz! —gritó su madre sin entender nada. Se dirigió a los soldados— ¿Por qué han irrumpido en mi casa? ¿Y mi esposo?
—Atón se encuentra en el palacio del faraón Ra, él mismo nos ordenó venir a por usted y su hijo. Su casa ya no es segura, ningún rincón de la ciudad lo es.
—¿Sejmet viene a por nosotros también? Pensaba que estábamos fuera del alcance de su ira… —sopesó Anuk con voz temblorosa.
—No puedo revelar más información, señora. Y ahora, venga conmigo.
—Yo… —Anuk pensó en la gravedad del asunto. No entendía porqué Sejmet querría matarles, ellos formaban parte del bando de su padre, el dios Ra. Soltó el aire que llevaba conteniendo hace rato y decidió no preguntar más. Si su esposo Atón y el propio Ra habían ordenado mandarles a buscar, debía obedecer sin cuestionarles. Además, sospechaba que la extraña mujer que retenía a su hijo tenía algo que ver en todo aquello, lo que no alcanzaba a saber era el qué.
—¡Rápido, seguidles! —gritó el guardia que había actuado de portavoz.
Anuk dejó sus pensamientos de lado para ver la terrible realidad: su hijo y la extraña mujer habían huido dentro de su habitación. Los guardias entraron rápidamente y Anuk fue tras ellos aterrada.
Sólo alcanzó a ver como los guardias se apostaban en el balcón abierto y comenzaban a lanzar flechas sin interrupción. Anuk corrió hacia ellos y consiguió hacerse un hueco en aquella inesperada batalla.
—¡Zaid! —gritó desesperada. E impotente contempló como su único hijo desaparecía en la oscuridad de las calles de El Cairo junto a aquella mujer con fuego dorado en la mirada—. ¡Zaid! ¡Vuelve conmigo! ¡Vuelve con tu madre!
Pero Zaid no miró hacia atrás. No lo vio reaparecer para desandar el camino hacia su perdición.
¿Morirá? —se preguntó más allá del terror.
Pero no obtuvo respuesta. Y tampoco sintió como los guardias la agarraban para arrastrarla hacia palacio. Pataleando. Gritando. Sollozando.

Una hora después, Zaid y la mujer descansaron escondiéndose en un callejón estrecho y solitario. Ambos se dejaron caer en el suelo apoyando sus espaldas en la pared. Sus respiraciones ahogadas duraron varios minutos hasta que se serenaron. Ella ladeó la cabeza a su izquierda y observó a Zaid volviendo a iluminar su rostro enrojecido con su luz dorada. Él también la miró y durante unos segundos volvió a sentirse envuelto por aquella sensación de enamoramiento y fascinación que había sentido la primera vez que la había visto. Había algo más que fiereza y hambre en aquella mirada… Algo cálido parecido a la gratitud.
—Mi nombre es Zahna.
—En verdad te hace justicia —sonrió.
—Ya no… —ella apartó la mirada— ¿Crees que no advierto el brillo antinatural en mis ojos? Si alguna vez me pude comparar con una flor, hoy esa flor está marchita.
—No es lo que yo veo.
—¡Sí! Lo viste, lo hiciste durante todo el rato, cuando el influjo de mi negro hechizo desapareció y me viste de verdad. Hasta hace unos momentos mientras corríamos despavoridos. Soy un alma corrupta. Una asesina. He visto como sin hacer esfuerzo los hombres y las mujeres han sucumbido a mi falso encanto. No quiero engañarte, a ti no. Te lo advierto una vez más: te mataré sin poder evitarlo si no sacio mi sed pronto.
Zaid acarició su mejilla. Fría, fría como el viento cortante de la noche.
—De verdad quiero ayudarte, Zahna… —su nombre se deslizó dentro de él a pesar de que su voz lo esparcía entre sus cuerpos— Es cierto que sentí ese influjo del que hablas, esa fascinación y, después, te vi tal y como eres y tuve miedo, más del que he llegado a tener en mi vida. Pero, tras todo esto, tengo más claro que nunca que quiero devolverte la vida tal y como la conocías. Quiero que vuelvas a ser una flor, con su tallo y sus pétalos de los colores más vivos. No me iré de tu lado, mi suerte ya está echada.
Quedaron en silencio. Zaid no supo durante cuanto tiempo. Finalmente ella volvió a hablar:
—Gracias.
—Hay algo que debemos afrontar —retomó él con gravedad.
Los ojos de Zahna volvieron a emitir aquel brillo ya familiar para él y ambos, sin decir nada, entendieron. Debía saciar su sed de alguna manera, pero cualquiera de ellas implicaba lastimar a un ser vivo inocente.
—Resistiré como sea —dijo ella con entereza. Las palabras salían con dolor de sus labios manchados de una sangre derramada con culpa.
Zaid le cogió la mano y ambos apretaron con fuerza. Un lazo de amistad, amor… fuese lo que fuese era muy intenso de repente. No tenía sentido porque no se conocían, pero así era.
—Juro por mi vida que si no logro encontrar la cura a tu mal antes de que sucumbas, yo mismo te ofreceré mi sangre en sacrificio —se miró el brazo cubierto de las heridas sangrantes provocadas por ella y suspiró. Entonces su voz sonó insegura pero sin censura—. Mientras tanto, puedes tomar pequeños sorbos si eso te ayuda a aguantar.
Le ofreció el brazo y Zahna lo observó sorprendida. El brillo intenso rompió casi por completo la oscuridad del solitario callejón. Dudó durante unos instantes:
—¿Y si no puedo contenerme una vez te haya probado?
—Lo harás. Confío en ti —dijo él.
Realmente quería confiar en ella, quería creer en su rechazo a aquella nueva y oscura naturaleza. Pero tampoco podía estar seguro de que su plan funcionase. Respiró hondo y la incitó una vez más a tomar su vena. Ella sujetó su brazo y sin más palabras hundió los dientes en su muñeca. Profundamente. El dolor chocó de golpe contra todos los sentidos de Zaid. El sonido de la succión le retorció las entrañas. El miedo y la desconfianza reaparecieron.
No temas. Ella todavía conserva humanidad.
Esto último no supo porqué lo pensó, pero no podía negar que le reconfortó.
Intentó relajarse y se dejó llevar.

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CONTINUARÁ...

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jueves, 16 de abril de 2020

NOCHES DE SANGRE, CAPÍTULO TRES: El hijo del sacerdote



Akil pasó todo un día vagando por la ciudad. Contemplando tristemente la huella que Sejmet había dejado en los cuerpos sin vida amontonados en las calles. Muchas casas ofrecían una vista igual de deprimente: puertas arrancadas y un interior oscuro. Probablemente las paredes estarían teñidas de rojo. Él no quiso entrar en ninguna, sabía muy bien lo que hallaría. Sin embargo, en algún momento del día comenzó a ver cierto movimiento. La ciudad despertaba poco a poco y con cautela. Los pocos supervivientes intentaban recoger a sus familiares para poder dar cobijo a sus cuerpos laxos. Era el momento de enterrarles. ¿Dónde le habrían enterrado a él? ¿Habrían sido capaces, sus padres, de encontrar un sacerdote para poder llevar a cabo el rito funerario?
Chasqueó la lengua. ¿Acaso importaba cuando le faltaba la parte más importante? Podía imaginar su cuerpo momificado, enterrado a poca profundidad, rodeado de los vasos canopos que contenían sus órganos vitales… Uno de ellos, estaba vacío. El más importante.
Sus padres habrían lamentado mucho su trágico final, sobre todo, porque serían conscientes de su incapacidad para pasar a la vida eterna en el Aaru.
¿Ellos podrían verle? ¿Le sentirían si se acercaba?
No pudo resistirse. Veloz se dirigió hacia su casa. Un nudo en el estómago le atormentaba. El hambre y una terrible sed se ceñían a él provocándole nauseas. Este iba a ser un camino tortuoso.
Comenzó a correr y lo hizo tan deprisa que, sin darse cuenta, se deslizaba sin apenas tocar los pies en el suelo. Bajó la cabeza sin detener el ritmo. Un nuevo nudo se formó, éste en la garganta. ¡Definitivamente estaba levitando!
Entonces sí que frenó. Dejó los pies quietos. Siguió sin tocar el suelo. No supo porqué, puesto que su situación actual no tenía nada de divertido ni nada de bueno… Pero sonrió.
Recuerda, vas a ver a padre y madre… No es momento de reír ―su conciencia apremiaba.
Frunció el ceño y volvió a emprender su camino más rápido todavía. Se sentía como un pájaro. Libre. Sólo que la libertad andaba muy lejos y él todavía no podía alcanzarla.

                                                                  ***

Ra observó con gravedad la llegada de Atón, su sacerdote y alquimista. Éste entró silenciosamente envuelto en su túnica blanca. Su rostro desprovisto de cejas y cabello lucía neutro. Eso era algo que le gustaba en él y por ello confiaba tanto en su trabajo. Atón era frío y letal. Jamás se cuestionaría un mandato suyo.
Decidió ir directo al asunto por el que había requerido su presencia:
―Sejmet se ha dejado llevar por la locura. La sangre que ha ingerido la ha embriagado de tal manera que ha olvidado su objetivo y, con ello, el límite de sus actos. Mis hijos vienen en camino para trazar un plan con el que poder contenerla.
―Mi señor ―Atón se arrodilló frente a él―, ¿qué puedo hacer?
Ra suspiró y entrelazó los huesudos dedos de sus manos.
―Como bien sabes, mi Ojo tiene entre sus atributos la capacidad de desatar las epidemias más letales… La locura la ha llevado a poner su semilla en cada víctima desde la última noche en que asoló El Cairo. Ahora, los muertos bajo sus fauces se levantan, también sedientos de sangre.
Atón tragó saliva sin elevar la cabeza del suelo. Jamás dejaría entrever sus emociones ante nadie. Y mucho menos ante el faraón.
―Puedo trabajar en un hechizo para frenar la plaga, mi señor.
―Deberás comenzar en este momento, el tiempo es oro. Mandaré a mis hijos en busca de Sejmet y la someteremos hasta que entre en razón. La matanza debe terminar ya.
―¿Puedo solicitar que vayan a buscar a mi mujer y mi único hijo, mi señor? Ambos se hayan en mi casa a merced de cualquier infectado por la sed de sangre ―si había angustia en su interior, Atón no lo demostró con su monótona voz.
Ra asintió.
―La guardia real les escoltará hasta aquí. Y, ahora, ve y cumple con tu deber.

                                                                   ***

Zaid lanzó un guijarro todo lo lejos que sus fuerzas le permitieron. Estaba furioso, realmente furioso.
Nunca llegarás a ser un buen Sacerdote…
¡No es suficiente!
Para su padre, el Escriba de la Casa Divina, jamás nada de lo que aprendiese o lograse era suficiente. Siempre se afanaba en hacerle saber lo mucho que le decepcionaba en todo. Zaid había nacido siendo heredero del alquimista más importante de Egipto. Atón, mano derecha del propio faraón Ra. Un dios. Desde pequeño su padre le había instruido con rigidez en el oficio de la magia. Su destino era sucederle en su puesto algún día.
Sin embargo, por mucho que Zaid se esforzara en complacerle, jamás había obtenido un simple elogio. Sólo miradas ceñudas en los momentos triunfales. Esto era, cuando conseguía llevar a cabo un nuevo y difícil hechizo con éxito. Miradas frías y desprovistas de afecto en la mayoría de ocasiones. Aunque Zaid más bien prefería la fría indiferencia antes que sus afiladas acusaciones y desprecios cuando fracasaba.
Observó el horizonte mientras el sol se ponía tras La Gran Pirámide, que coronaba junto con otras dos situadas a cada lado y, de inferior tamaño, la necrópolis de Guiza.
Realmente adoraba la vida que le había tocado vivir. Tenía una posición acomodada gracias a la estrecha relación de su padre Atón con el faraón. Amaba ser un aprendiz de alquimista. La magia le fascinaba y ansiaba tener la suficiente potestad como para trabajar con hechizos al servicio del pueblo. Al servicio de los dioses. Sonrió. Acariciaba la idea de concebir hechizos de su propia cosecha. Entonces, padre sí que se sentiría orgulloso de él. Un verdadero hechicero creaba sus propias fórmulas.
Pensó entonces en la crisis que asolaba ahora la ciudad. Desde el balcón de su casa podía contemplar lo solitarias que estaban las calles. Sejmet era la causante. A Zaid le entristecía que la ira de los dioses fuese así de implacable. No le gustaba la sangre ni la violencia. Pensaba que la mejor amiga era la palabra y, en todo caso, una pizca de magia podía ayudar en más de una ocasión. No entendía por qué los dioses, en lugar de aquella masacre, no envolvían al pueblo en algún tipo de encantamiento con el cual les rindiesen tributo ciegamente de nuevo
De pronto, una mujer salió de entre las sombras. Llevaba un vestido de lino azul. Los tirantes dorados se pegaban sensualmente a unos pechos llenos y firmes. La falda le tapaba los pies. Su piel color aceituna brilló a la luz de los últimos y débiles rayos de sol. Zaid suspiró. Su melena negra lucía sucia y alborotada. Su cabeza gacha no le dejaba vislumbrar bien sus rasgos… Aunque estaba seguro de que era bella. Apoyó los codos en la piedra del balcón sujetando su mandíbula. Suspiró. Hacía un par de años, desde que llegó a la veintena, no dejaba de fantasear con estar con una mujer. O varias. O, quizás, muchas. La férrea educación de su padre le había hecho ver su cometido en el mundo como algo prioritario. Él sólo podía vivir para la alquimia. Algo que, en los últimos años, Zaid veía cada vez más injusto. ¿Acaso su padre no tenía esposa? ¿Acaso no le había engendrado a él? Chasqueó la lengua con disgusto.
Volvió a la realidad. La mujer de azul seguía allí, bajo su balcón. La cabeza agachada. Zaid se inquietó… ¿Habría venido huyendo de la ira de Sejmet? Padre le había dicho que ellos estaban protegidos de su castigo por orden de Ra. Así que pensó que ella venía de otro lado de la ciudad. Allí sólo vivían los sacerdotes lectores, como también se les llamaba los de su clase.
El sol terminó de esconderse tras la pirámide y una mortecina luz roja se mezcló con la incipiente oscuridad. Hoy no había luna. Zaid tragó saliva. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Las noches sin luna eran señal de malos presagios. Intentó ignorar sus miedos y decidió hablar a la mujer… Quizás necesitaba ayuda.
―Señora… ―carraspeó tímidamente, no estaba acostumbrado a hablar con féminas―. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Necesita comer o beber?
La mujer no levantó la cabeza. Pero Zaid pudo escuchar el débil gemido que emitieron sus labios. De pronto habló, causando un nuevo estremecimiento en él:
―Necesito un sacerdote.
Sólo dijo eso. Su voz, lejos de ser dulce fue un graznido ronco.
―Puede encontrar la ayuda de cualquiera de ellos aquí. En todas las casas de esta zona.
―¿Y tú? ―emitió un nuevo graznido que le hizo encoger― ¿No puedes ayudarme tú?
Zaid titubeó. Todavía no podía verle el rostro. Su voz y su actitud le causaba mucho desasosiego.
―Yo todavía soy un simple aprendiz… no tengo el permiso del faraón para ejercer.
La mujer ignoró su contestación y por fin levantó la cabeza. Pero esto, lejos de serenarle, sólo provocó que la bilis le subiese por la garganta. Su rostro estaba pálido, tan pálido como podría estar un muerto. Apeló a sus extremidades, hubiese jurado que su piel era de un bello color aceituna… ahora ya no. Volvió la vista a su cara. Los labios rojos, sus dientes brillaron en la oscuridad cuando los entreabrió en una mueca cruel.
Y sus ojos… sus ojos brillaban con un fulgor dorado.
Hipnótico. Atrayente. Precioso.
Sí… era bella. ¿Cómo podía haberlo dudado?
―Ven a mí… ―le dijo la mujer haciendo un gesto gentil con su grácil mano.
Y Zaid no lo dudó ni por un instante.


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CONTINUARÁ...

Capítulo 4: La mujer vampira

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